jueves, 2 de agosto de 2018

Rose

Me mantuve en todo momento en una posición alejada mientras caminábamos a espaldas de aquel anciano. Nathan no dejó de sujetar la escopeta en ningún momento, manteniéndose alerta en todo instante. Yo, por mi parte, había decidido guardar el cuchillo en la mochila. Aquel hombre, Kurt, era mayor. Sus manos lucían arrugadas y su frente estaba salpicada por un sin fin de manchas. Tenía un ligero tembleque al andar en las piernas, a la par que lo hacía ligeramente encorvado. No, no podía ser un peligro para nosotros.

Caminamos hacia la derecha, alejándonos del sendero que hasta hacía un momentos seguíamos. La vivienda de Kurt, según nos había dicho, se encontraba bastante cerca. Miré a mi al rededor, contemplando la altura de la copa de los árboles, tan espesas que brindaban cierta oscuridad al lugar. -¿Siempre ha vivido aquí?- pregunté con curiosidad. Kurt frenó el paso y se dio la vuelta.
-Toda mi vida-
-¿Tan alejados del pueblo o la ciudad?- insistí, algo extrañada. 
-Así es- el hombre retomó el paso. -Delilah no siempre ha tenido problemas para andar, claro. Cuando quisimos darnos cuenta, ya no eramos unos jóvenes-
-Debe ser duro- murmuré, siendo capaz de imaginar la situación que se planteaba ante aquel matrimonio. Ancianos, viviendo en medio del bosque y en mitad de un mundo totalmente destruido. -¿Alguna vez consiguieron tener hijos?- 
-Nunca. El Señor no quiso brindarnos ese regalo. Supongo que ahora me alegro. No soportaría la idea de que mi hijo muriese a mano de una de esas bestias. Los padres tienen que morir antes que los hijos- comentó con contundencia. Nathan me lanzó una mirada significativa por encima del hombro. A pesar que a penas hacía un año que nos conocimos, me conocía lo suficientemente bien como para saber que aquellas palabras habían calado ligeramente en mis preocupaciones.
-Es ahí- 

Siguiendo el recorrido del dedo de Kurt, encontramos una pequeña casucha. Estaba construida en madera de tonalidades oscuras, algo carcomidas por el paso del tiempo. Los anchos tablones de maderas estaban hincados y llenos de moho, lo que anunciaba que el hogar no podía oler demasiado bien. Por otra parte, las pequeñas ventanas de cristal que se podían observar desde el exterior, estaban sucias, y algunas, incluso rotas. -Perdonad el desorden- dijo Kurt mientras se acercaba a la puerta del hogar -Como comprenderéis, no es época de andarse con limpiezas y arreglos- terminó por decir. Me sorprendió ver que no abrió la puerta con ningún tipo de llave, sino que tiró del pomo corroído y la puerta, sencillamente, cedió -Delilah, cariño. Soy yo. Traigo ayuda-
Nathan entró primero al hogar. Después le seguí yo.

Apenas había muebles que decorasen la casa, más que un montón de suciedad por todas partes que me hizo plantearme si aquella mujer sufriría más de un tipo de enfermedad. No parecía haber ningún tipo de recurso importante, ya fuese comidas o medicinas, en ninguna parte. Suspiré pesadamente y dejé que los hombros se relajasen. Por supuesto, en ningún momento pensé robarles nada. Pero contemplar que una pareja de ancianos vivía de forma tan precaria, me destrozaba.
Al mirar a la estancia que quedaba a mi derecha, pude observar un pequeño salón en el que descansaba una mujer mayor, sentada sobre una silla de ruedas y con la mirada completamente perdida. -Hola- dije en un hilo de voz, algo nerviosa. La mujer no se movió un ápice.
-Oh, discúlpala. Te oye, pero no es capaz de responder- Kurt frotó sus manos con nerviosismo mientras Nathan y yo estudiábamos a la mujer con detenimiento. Estaba muy delgada y desnutrida. En sus ojos apenas quedaba un brillo de vida y su respiración era muy lenta. -Ella... realmente está muy enferma-
-Lo siento mucho- me vi obligada a decir -Tenía una abuela que... estaba igual. Yo le leía cuentos cuando era pequeña, antes de que muriese. Tampoco me contestaba, pero alguna vez juraba que había sonreído. Solo un poquito- comenté con ternura.
-Una mujer afortunada por tener una nieta como tú. Eres muy joven ¿No? Debes ser... de las personas más jóvenes que he visto en mi vida- confesó Kurt.
-Sí, es joven. ¿Qué tenemos que hacer?- preguntó Nathan de forma tajante. Estaba visiblemente incómodo.

Salimos del hogar unos minutos después. Kurt nos explicó exactamente al lugar que deseaba ir con su esposa y cual era el mejor camino del bosque para llegar hasta él. Nathan tomó a la mujer por debajo de las rodillas y de la espalda, cargándola como pudo. Cuando pasó a sus brazos, pude fijarme mejor en ella y darme cuenta de lo mayor que era. Mucho más de lo que Kurt aparentaba. Por un momento, me costó creer que fuesen un matrimonio convencional, pero ¿Quien era yo para cuestionar el amor?

Caminamos detrás de Kurt manteniendo un silencio entre cortado. De vez en cuando, el hombre hablaba. Comentaba cosas banales, sin importancia, pero con voz alegre. Supuse que, siendo su única compañía una mujer silenciosa, poder conversar con nosotros le había subido el ánimo. Nathan no se quejó en ningún momento del peso de la mujer. Ella estaba tan delgada y Nate estaba tan preparado físicamente, que el cansancio fue menor de lo esperado. Y yo, por mi parte, me limité a tirar de la silla de ruedas.

Cuando el sol ya estaba muy arriba, empezamos a sentir el terreno bajo nuestros pies aplanarse. Habíamos estado descendiendo durante unas horas, hasta que el suelo que comenzamos a pisar fue más estable y propio de una zona menos montañosa y boscosa. -¿Podemos parar un momento?- pregunté en voz baja. Había estado sintiendo unas nauseas crecientes nacer en mi interior desde hacía unos minutos, de manera que sabía que era capaz de vomitar en cualquier momento.
-No- respondió Kurt de forma seria. Aquella reacción me dejó un tanto helada.
-Sólo es un momento, por favor-
-No, quiero llegar ya a la ciudad-
-Por favor...-
-¡Eh! Quiere descansar- se interpuso Nathan. Sin miramientos, dejó a la mujer sobre la silla de ruedas y se acercó a mi -¿Estás bien?- preguntó. Yo me doblé, sintiendo el malestar hacerse cada vez mayor.
-Sólo... sólo es un segundo- aseguré, encaminándome hacia detrás de unos arbustos.
-Eh, eh. No te alejes. Y tú, carga a mi mujer, por favor- Kurt se puso nervioso, lo que hizo que a Nathan se le crispasen aún mas los nervios. Yo decidí obviar la situación y devolver la bilis detrás de los matorrales. Fue tan solo unos minutos los que hicieron falta para volver a recomponerse. Sin embargo, aquella vez no me encontré tan bien después de vomitar. La cabeza me daba algunas vueltas y había un pequeño malestar aun dentro de mi que parecía no querer marcharse.
-Sigamos-
-No, no. Ni hablar. No tienes buen aspecto- informó Nathan
-Lleguemos a la ciudad. Allí descansare-
-Ni hablar. No me voy a mover de aquí. Tú tienes que descansar, ya-
-¡Eh! ¡Tenemos que seguir!- Nathan soltó un lento bufido, para después volverse y mirar a Kurt, tomarle del cuello de su chaqueta antigua y estamparlo de espaldas contra el árbol más cercano.
-¡Nathan!-
-Mira, viejo. No eres nadie para darme órdenes ¿Te queda claro? Y si no, puedo abriros un agujero a ti y a tu mujer ahora mismo. Me libro de vuestra carga, y de paso, entretengo a todos los susurradores que puedan andar cerca. ¡¿Me oyes?!- las venas de su cuello y frente se marcaron tanto, que me asusté.
-Nathan ¡Para!- La situación se estaba volviendo demasiado tensa.
Nathan

La noche nos engullía lenta pero incansablemente mientras nos abríamos camino a través de árboles y caminos, piedras y senderos. Rose me seguía visiblemente nerviosa y yo no soltaba el arma, que portaba constantemente en las manos preparado para disparar en cualquier momento si era necesario. Cada paso que dábamos era lento y meditado. Tratabamos de pisar la menor cantidad de hojas, rocas y retazos de ramas posible, al igual que aguzábamos el oído en caso de que algo o alguien nos acechara en mitad de las sombras.
Tras largo rato de caminata, Rose me alcanzó poniéndose completamente a mi lado. Me aferró de la manga y me tiró suavemente, lo suficiente para que la mirase y me detuviese en el camino -Nate... ¿Tienes la menor idea de hacia dónde vamos?- preguntó
-Claro que sí- asentí -Vamos de vuelta a Oeka, el pueblo- ella me miraba con rostro angustiado
-Nate...- tembló -¿Te has vuelto loco?-
-Escúchame Rose...- suspiré, colgándome el arma del hombro para poder agarrarla de los hombros con suavidad, acariciándola, para que se tranquilizase un poco -Vamos en dirección a Oeka por una sencilla razón: sufrimos una emboscada de susurradores allí. Lo cual significa que, cuando despierten al amanecer o incluso dentro de un rato si alguien percibe que no estamos, o encuentran al guardia inconsciente, no nos seguirán. Puede que nos busquen, sí, pero no vendrán a Oeka. Pensarán que no somos tan idiotas-
-Y lo estamos siendo- frunció el ceño -Estás queriendo ir hacia allí-
-Piensa Rose... ¿Cuantas veces has visto susurradores en el mismo sitio durante un tiempo prolongado?- sonreí ligeramente, para que me comprendiese
-Mmm...- meditó un instante -Tienes razón...- me miró -Pero aún así...- yo sabía que tenía razón. Tras dos años con constantes huídas de esos monstruos, había tenido tiempo de observarlos muy ligeramente. Se guiaban por un instinto depredador bastante llamativo, eran bestias aún siendo cadáveres reanimados por sabía Dios cualquier broma del destino. Buscaban presas, seres vivos aunque les valían también los muertos. Se alimentaban de ellos, los desfiguraban, los devoraban hasta puntos aleatorios; a veces casi dejaban sólo huesos y en otras ocasiones simplemente asesinaban como si fuese deporte y daban un par de bocados. El caso, era que ese comportamiento depredador les llamaba a moverse, a buscar presas. Y donde había habido presas una vez, nunca volvían. Porque los humanos siempre hemos sido estúpidos, sí, pero hasta cierto punto. Tropezar con la misma piedra, tal vez. Tropezar dos veces con los mismos muertos vivientes... no. Y ese, precisamente, era mi plan. Aprovechar ese comportamiento desarrollado por nuestro miedo a volver a encontrarlos. Me jugaría la mano a que no estaban allí
-Confía en mí ¿sí?- pregunté besándole la frente -Sabes que nunca te falaría ¿Verdad? Ni te llevaría por caminos peligrosos, ni equivocados- ella asintió despacio
-Sí...- sonrió tristemente -Tienes razón-

Llegamos a Oeka a altas horas de la noche, en pleno auge de la madrugada. Allí sólo reinaba el silencio. Apenas sí se oía cantar algún grillo lejano y todo, absolutamente todo, estaba envuelto en la más profunda oscuridad. Encendí una vieja linterna que me había apropiado en el asentamiento antes de escapar. Iluminé con cuidado los alrededores. Rose se encogió a mi lado, temiendo ver algo que no querría ver -Dios...- musité
-¿Qué? ¿Qué pasa? No, espera. Mejor no me lo digas- se autocorrigió, no mirando en mi dirección
-Puedes mirar- dije simplemente y ella lo hizo. Con el haz de la linterna recorrí un camino de sangre en el suelo hasta donde acababa en un gran charco ya seco
-¿August...?- me preguntó, mirándome
-Ahí debió morir- asentí -Intuyo que el rastro de sangre es suficiente para indicar que arrastraron el cuerpo a saber dónde-
-Joder...- se llevó la mano a la boca, quizá por aprensión o para reprimir las ganas de vomitar
-Busquemos dónde dormir-
-Definitivamente no estás bien, Nate- se quejó -En este lugar mataron a nuestros compañeros. Vamos a dormir sobre sus tumbas ¿Eso es lo que me estás queriendo decir?-
-Rose, he tenido razón- apunté a todas partes con la linterna -No hay nada. Nadie. Ni un susurrador- ella siguió la luz con la mirada -Este es ahora mismo el lugar más seguro. Necesitas descansar. Debes descansar-
-Pero...- estaba visiblemente cansada, pero comprendía su temor
-Escúchame cielo- le tomé el rostro para que me mirara -Vamos a buscar un lugar. Vas a dormir y yo haré guardia- sonreí
-Pero tú también debes descansar...-
-Lo haré en un lugar más alejado ¿de acuerdo?- asintió. Y con ello tuve suficiente.

Amaneció por fin. Las primeras luces del alba fueron la clara señal de que debíamos ponernos en marcha. Desperté a Rose con suavidad para no sobresaltarla. Ojalá hubiese podido dejarla dormir mucho más, pero debíamos alejarnos cuanto antes. Habíamos pasado la noche en una de las casas donde, aparentemente, no hubo ningún festín por parte de los susurradores, de manera que eso sirvió de alivio moral para la chica para descansar con mayor seguridad. En cuanto estuvo lista y más espabilada, nos dispusimos a marchar.

Caminamos durante unas horas siguiendo el curso de uno de tantos ríos que había en la zona, esperanzado, por mi parte, de encontrar algo que llevarnos a la boca. Sí, me preocupé por robar alguna ración, pero consideraba que debía guardarlas por si acaso sufríamos mayores percances. No encontramos ninguna novedad, ni ninguna clase de peligro adicional durante todo el transcurso del viaje. Realmente parecía mentira, una vez más, que vivíamos la vida que vivíamos -Este lugar es increible- dije, de pronto. Rose se echó a reír -¿Qué te parece tan divertido?-
-Recuerdo que hace unos meses me dijiste que odiabas este sitio- comentó divertida, visiblemente más descansada
-Las cosas mejoran y tienen un mejor aspecto. Mírate, si no- le guiñé el ojo y ella me sacó la lengua cun furia
-Eres tonto, definitivamente- reí ante aquellas palabras
-¿Qué haces entonces conmigo, aquí?- contraataqué
-Porque eres tonto, pero eres mi tonto. No voy a dejarte solo. Aunque tontito, cuidas bien de mí y me haces feliz en este mundo de mierda- concluyó con asco
-Eh, esa lengua- bromeé

Nos detuvimos de nuevo al cabo de, aproximadamente, media hora más. Rose estaba más descansada pero yo no, de manera que empecé a sentir la fatiga del cansancio escalando sobre mi cuerpo. Decidimos asentarnos un instante en la orilla del río, sentados sobre las piedrecitas que lo decoraban. El agua fluía clara y cristalina, bajando de las montañas de cumbres todavía blancas por la nieve remanente. Pronto llegaría el verano y la belleza del paisaje cambiaría ligeramente. Era una lástima -Deberías dormir un poco- señaló Rose
-Realmente no tengo sueño. Sólo quiero descansar un poco- suspiré, estirando las piernas -Joder... ¿Por qué teníamos que tener monstruos pululando por todas partes? Susurradores, esos extraños espectros que apenas he llegado a ver ligeramente alguna vez...- negué con la cabeza -¿No era bastante con la propia humanidad?- reflexioné
-¿A qué viene eso ahora?- preguntó Rose ajustándose una bota
-Supongo que... Bueno, ver la naturaleza tan salvaje de este lugar me hace pensar. Odio no poder relajarme del todo sabiendo que pueden aparecer esos seres en la mínima que nos descuidemos. Un humano siempre es más ruidoso. No somos tan perfectos depredadores...- mascullé
-¡Oíd! ¡Disculpad!- la voz extraña nos asaltó desde la espalda. Automáticamente, ambos nos pusimos en pie. Cogí la escopeta y apunté en su dirección. Rose echó mano al machete a toda velocidad, aunque le temblaba la mano un poco. Y sí, pretendí fingir seguridad, pero a mí también. Y las piernas. Y el alma ¿Nos habían encontrado? Querrían venganza, seguramente -¡Eh, vosotros dos, perdonad!- la voz no era reconocible, pero me puse ante Rose por si acaso llevaba un arma de fuego. Entonces, de la espesura salió un hombre de mediana edad con pelo y barba canosa. Tenía la voz grave y pinta de borracho, pero parecía estar lúcido -Vengo en paz, vengo en paz- alzó las manos con velocidad
-¿Quién eres? ¿Qué coño quieres?- pregunté, agresivo
-Cuidado...- musitó Rose
-Me... Me llamo Kurt. Kurt Mendel- dio un paso con cuidado
-Quieto, viejo. Te volaré la tapa de los sesos en un abrir y cerrar de ojos- advertí
-No hay necesidad de ser tan agresivo... S-sólo busco ayuda. Por favor-
-¿Qué ocurre?- preguntó Rose
-No- negué, dando un paso al frente -Da media vuelta y desaparece. Ya- ordené
-Por favor...- suplicó -Mi mujer está enferma. Se muere-
-Todos morimos alguna vez-
-Nate...- Rose me miró con desaprovación. Quizá pensó que estaba siendo demasiado duro con un hombre que estaba muy cerca de la ancianidad
-S-sé que estamos en un mundo jodido, muchacho. Mira, yo... yo... yo comprendo tu miedo. Estoy desarmado ¿ves?- giró sobre sí mismo -Y... y esa chica, que está contigo... ¿Es tu novia? ¿Tu mujer? Da igual, es tu compañera ¿no?-
-¿A ti qué te importa? Cuento tres antes de abrir fuego- advertí de nuevo
-¿Si fuera al reves esta situación no suplicarías por su vida?- pidió -Por ayuda para poder salvarla-
-¿Qué necesitas tú de nosotros?- pregunté, ya guiado por la curiosidad. Y quizá un poco por algo de lástima. Rose tampoco parecía demasiado decidida a atacarle
-Está débil. E inválida. Apenas puedo moverla. Necesitamos desplazarnos a un lugar cercano. Llevo días dando vueltas por si encontraba a alguien que pudiera ayudar. No puedo llevarla por este terreno. Tampoco dejarla sola para buscar comida. Estoy desesperado. Vosotros sois jóvenes. Os suplico compasión. No necesitamos escolta, no hace falta que gastéis vuestros recursos en nosotros. Solamente acompañadnos, ayudadme a sortear los peores obstáculos- suplicaba casi en voz en llanto
-¿Hacia dónde vais?- preguntó Rose
-Queremos bajar. Dejar esta zona boscosa y montañosa del todo. Llegar a la ciudad-
-Milicah está muy lejos- no bajé el arma ni por un instante
-Este lugar no es para un matrimonio impedido- agregó -Como digo, no pido por escolta. Sólo un poco de compañía para sortear los peores declives que mi cuerpo ya no resiste  a soportar. Por favor. Por favor. Sois las únicas personas que he encontrado en estas semanas, meses- declaró. Sentí la mirada de Rose clavada en mí
-¿De verdad vas a fiarte de él?-
-Tú dirás- dijo ella -Para mí no es diferente de los del asentamiento. Pero es un hombre mayor... ¿y si está en lo cierto? ¿Vamos a dejar que mueran de hambre? ¿Incapaces de huir?- la miré
-No quiero ponerte en riesgo-
-Sólo me pregunto si...- suspiró -...si debemos negar la ayuda cuando, seguramente, la necesitaremos en algún momento- se disparó una veloz mirada al vientre -Además, si es por movernos, quizá podríamos dejar estos bosques con ellos... Buscar un lugar mejor en Milicah, o dejar el estado...- enumeró
-...Está bien- dejé de apuntar, alzando el rifle -Guíanos, viejo-
-Kurt. Kurt, por favor. Mi mujer se llama Dalilah-
-Yo soy Rose y él es Nathan-
-Sois encantadores. Y las mejores personas que he conocido desde hace dos años. Por favor, venid. Iré delante. No os preocupéis. Estaré a la vista para que veáis que no hago nada extraño- esperaba, de todo corazón, que no intentase hacer nada raro...

miércoles, 1 de agosto de 2018

Rose

Alzaba las piernas para no tropezar con raíces o escombros, de los cuales el borde de la carretera se hallaba cubierto. Mantuve el silencio en todo momento desde que decididos poner rumbo de vuelta a la escuela. Sentía que la cabeza me pesaba, abotargada de pensamientos extraños y negativos. La mirada de Nathan se clavaba en mi nuca de forma repetitiva, casi a cada momento. Sin embargo, a pesar de que notaba su insistencia, no era capaz de decir nada. Me sentía totalmente incrédula a lo que estaba ocurriendo. Era incapaz de imaginar que una vida se había creado en mi interior. No sentía nada... ningún tipo de sentimiento al respecto, y eso me preocupó.
-Rose ¿Estas bien?- quiso saber Nate
-¿Podemos parar? Necesito un momento- 

Me senté sobre el asfalto, cansada. Nathan se quedó en pie, sujetando el arma con precaución. Miraba todas partes con esmero. El sol se había situado en lo más alto de nuestras cabezas. Aún quedaban bastantes horas para que la oscuridad apareciese, y con ella, las criaturas más infernales iniciasen su particular cacería. Podíamos estar tranquilos, de cierta forma. Pero aquel no fue el caso. -¿Has descansado ya?-
-No se trataba de descansar- aseguré en un hilo de voz. Después suspiré de forma pesada.
-Tranquilízate. Es normal... No teníamos previsto que esto ocurriese-
-Es que no debería haber ocurrido- expliqué de forma contundente, alzando la vista para dedicarle una mirada seria -Se suponía que esto ya no ocurría-
-Sí que ocurría. En porcentajes muy bajos, pero, aun quedaban hombres y mujeres capaces de concebir. Y estoy seguro que incluso después del accidente, aún siguen quedando. No podemos ser los únicos que lo han conseguido, debe haber más gente...- reflexionó en voz baja. Parecía seguro de lo que decía, pero ninguna de sus palabras consiguieron motivarme lo suficiente.
-Quizá esa gente ya esté muerta- 
-O puede que no- replicó Nate. Sus cabellos rubios se agitaron al paso de una pequeña ráfaga de viento. Incluso serio era atractivo. -Me niego a creer que eres la única. Es imposible. Debe haber más bebés... en alguna parte- 
-Sea como sea... no quiero que te emociones- me puse en pie con un leve esfuerzo, sacudiéndome la suciedad de los pantalones tejanos -La mayoría de los embarazos de estas últimas décadas no llegaron a terminar. Es muy posible que... en un día o dos ya no...- por puro instinto, me llevé una mano al vientre -Quizá en un mes. No más-
Nathan bajó la escopeta un momento. Dejó de atender a los sonidos y los olores que nos rodeaban para pasar a centrar toda su atención en mi. Con cara de pocos amigos, dirigió una rápida mirada a mi vientre. -¿Y a caso no merece la pena intentarlo? ¿Prefieres que lo dejemos estar y... ya está?- la voz del joven sonaba decepcionada.
-No he dicho eso- suspiré -Es sólo que... No quiero que cometamos una locura para nada. El mundo se muere, hace años que lo sabemos. Llegaría un día en el que no nacería ni un solo niño más. ¿En que repercute que...?- Quise llamar a aquella idea ''nuestro hijo'' o ''nuestro bebé'', pero no pude. -¿Qué pasaría si no naciera? Absolutamente nada. El mundo seguiría igual. Además... Creo que es cruel dejar nacer a un niño en un mundo destruido-
El rostro de Nathan se descompuso. Visualicé como su tonalidad de piel perdía por momentos su dorado natural para mostrarse blancucha y pálida. -¿Quieres abortar?- Aquella pregunta me taladró los oídos. La palabra aborto era algo demasiado... complicado. Prácticamente, hacía décadas que nadie usaba esa palabra, sobretodo al ser considerada como un sinónimo de maldad, crueldad y violencia absoluta. Me sentí terriblemente mal, sucia e incluso psicópata sólo de replantearme una respuesta.
-No...- musité. Casi se me quebró la voz y las manos me temblaron. Nathan, por su parte, chasqueó la lengua y se acercó a mi mientras se cargaba el arma al hombro. Con los brazos extendidos, me rodeó por completo. Me sentí tan pequeña y delgada en comparación a él que pensé que su torso me engulliría en cualquier momento. Al menos en sus brazos, siempre me sentía segura.
-¿Tienes miedo?- preguntó en voz baja
-Yo... creo que demasiado- sollocé
-Escúchame- advirtió, dando un paso atrás para poder mirarle a los ojos -Vale, de acuerdo. Es posible. Es muy posible que en unos días nuestro hijo muera. Pero... la humanidad no se merece que no lo intentemos. Reconozco que no es el mejor momento, ni por asomo, para traer a un niño al mundo. Es peligroso, es una locura, pero... ¿No te parece lo suficientemente importante? Dos personas fértiles, de dos ciudades lejanas, se encuentran en un asentamientos y se enamoran. Sin saberlo... éramos las piezas que encajaban en este juego roto- Aquella explicación me hizo sonreír -Ahora tenemos una oportunidad de ser felices. Nos merecemos serlo...- suspiró -Quiero intentarlo, Rose. Quiero poner todo cuanto esté en mi mano para que nazca. Quiero que lo hagamos juntos. Y quiero proteger a ese bebé cueste lo que cueste- lentamente, deslizó sus manos hasta dejarlas ancladas a mi vientre, que por supuesto, aún se hallaba plano -Ahora mismo... tú y él os habéis convertido en lo más importante para mi. Ya no temo por lo que nos acecha, por los peligros... Os tengo a vosotros. Y ahora todo tiene sentido- sonrió.
-¿Y si no... nace?-
-Entonces tú seguirás siendo mi único sentido- incapaz de pronunciar más palabras, le abracé. Estaba aterrada. La simple idea de visualizar los próximos meses me hacía temblar de horror. No sabía ser madre, no sabía cuidar a un niño, menos aún cuando prácticamente no había visto a uno en mi vida. Pero a su vez, empecé a temer no serlo. Temí despertarme aquella noche envuelta en sangre, o la noche siguiente, o la siguiente semana... Porque sentí que aquello destrozaría a Nathan. Sin quererlo, nos habíamos visto envueltos en un problema más del que tampoco sabíamos como salir.


De madrugada, mientras todos dormían, Nathan y yo mantuvimos los ojos bien abiertos. Mantuve la espera haciendo cálculos. De todos aquellos panfletos informativos que el gobierno enviaba a los hogares, algo aprendí. Al menos, lo suficiente como para calcular las semanas de embarazo y la posible fecha de parto. Si no me fallaban las pesquisas, deduje que me encontraba en la sexta o séptima semana de embarazo teniendo en cuenta la última menstruación, y que el parto, de conseguirlo, ocurriría en alguna semana de diciembre. Sin un calendario a mano, fui incapaz de decantarme por una. Al calcular cuantos meses me quedaban... sentía cosquillas en el estómago.

Nathan se puso en pie con tremenda cautela, para después instarme a hacer lo mismo. Ambos tomamos nuestras respectivas mochilas, y mientras yo me disponía a salir del pabellón, Nathan comenzó a rebuscar en las mochilas de los demás. Me puse tensa, increíblemente inquieta. Si alguien no estaba dormido o alguien despertaba, podrían pillarle y nuestro plan se estropearía. Intenté hacerle señas para que se detuviese, pero fueron en vano. Sólo cuando estuvo satisfecho con los enseres que pudo robar, se decidió a salir.
-Estás loco. Podrían habernos descubierto- le reprendí en voz muy baja
-Ni hablar. Tenía que hacerlo. Tienes que subsistir y necesitamos cosas para que lo hagas. Le he quitado unas galletas a Mary y una navaja a Clay. Con eso empezaremos- se defendió con frialdad.
-Ellos... no se merecen que les robemos- musité.
-Quizá no, pero tú si mereces que les robemos- aquella afirmación me dejó sin palabras. Me obligué a recordar las últimas cosas que recordaba antes del accidente. A las mujeres que conseguían quedarse embarazadas, según contaban algunos medios, se las trataban como auténticas reinas. Su fin justificaba el medio de los demás. Tenían prioridad médica sobretodo, pero también contaban con ventajas económicas dadas por el gobierno, ayudas para tener una buena casa, unos buenos servicios y un buen futuro... Un escalofrío me recorrió la espalda al sentirme una de esas reinas.

Cuando llegamos a la puerta principal, compuestas por unas verjas metálicas reforzadas con estacas y alambres, Nathan colocó su brazo a la altura de mi pecho para que me detuviese. Él se adelantó y deslizó la escopeta desde su hombro hasta sus manos, ayudado por una correa. Se colocó de forma silenciosa a las espaldas de uno de los supervivientes que se había quedado aquella noche haciendo la guardia. La tarea era sencilla, pues sólo debía supervisar por encima de la verjas la situación y alertar en caso de que oyese o viese algún peligro. Quizás la actividad sencilla le llevaba a ser ocioso, o quizás fuesen las altas horas de la noche y el sueño que procuraban, pero el hombre, no fue capaz de prever ni reaccionar ante el contundente golpe que Nathan le dio en la cabeza con la pesada culata del arma. El superviviente cayó al suelo sin conciencia, y yo, no daba crédito a lo que había visto.
-¡¿Pero qué haces?!-
-Vayámonos- fue lo único que dijo Nathan mientras abría las puertas. -Vamos, vamos- obedecí sin replicar. Sólo cuando estuvimos al otro lado, a las afueras de la escuela, Nathan procuró volver a cerrar bien las puertas.
-Has hecho daño a ese hombre-
-Él nos lo hubiese hecho a nosotros si nos hubiese visto- explicó, echando a andar en mitad de la noche. La ciudad en la que nos encontrábamos era bastante pequeña, de manera que con unos pasos más durante unos minutos, nos adentraríamos de nuevo en los bosques.
-¿Donde vamos a ir?-
-A un lugar seguro- las escasas explicaciones de Nathan consiguieron ponerme nerviosa
-Pero es peligroso, es de noche. Ya sabes lo que pasa en mitad de la noche- le avisé, pero no me hizo caso -Nathan... Esto no me gusta nada-

Nathan

Al llegar la mañana, tal y como acordé con Rose, nos levantamos y comenzamos a prepararnos para salir. Cogí la maleta vacía y me la colgué a la espalda para después tomar la escopeta, cargarla y de igual forma, colgármela sobre el hombro con la correa y disponerme a salir al patio donde esperaría a que mi chica saliera, lista para buscar respuestas. Obviamente, tal y como sospechamos, no iba a ser tan fácil.

Fuera, a la buena luz de la mañana, estaba Nolan con los brazos cruzados tras la espalda, observando de forma distraida a los pocos, escasísimos pájaros que revoloteaban por la zona. Desde el accidente, cada vez se avistaban menos animales. Sobre todo animales terrestres que no pudieran huir de los monstruos y sus garras -Hola Nolan- saludé con cierta timidez en la voz, pensando en qué podía decirle
-Ah, hola Nate- dijo sin mirame, sin apenas inmutarse -Qué madrugador-
-Sí...- suspiré -Es bueno salir cuanto antes mejor-
-¿Salir?- esas palabras sí le hicieron reaccionar. El líder del asentamiento se dio la vuelta y me miró de arriba abajo, estudiándome -¿Se puede saber a dónde vas?- sus cejas comenzaron a fruncirse lentamente pero de forma amenazante, así como el tono de su voz se fue agravando conforme mencionaba las palabras
-Rose y yo vamos a salir- declaré, con las manos en los bolsillos
-Con armas ¿No tuvisteis suficiente ayer? ¿Queréis salir a ver a los susurradores o a los espectros darse un festín con el otro?- dijo con severidad -No vais a jugaros la vida. De ningún modo. Perdimos a Diane y a August-
-Nolan, es cuestión de... intimidad- fruncí los labios al mentir
-¿Qué?-
-Intimidad- asentí
-A ver si estoy oyendo bien...- se acercó a mí, intimidante -Estás diciéndome que vas a coger una escopeta, tu maleta y te vas a ir con Rose a la espesura, ahí fuera donde todo se baña con criaturas de ultratumba... ¿Para echar un polvo?- lo dijo como si fuera lo más absurdo del mundo. Sí, realmente sonaba terriblemente absurdo. Yo me encogí de hombros
-No queremos molestar-
-Que os parta un rayo, Nate. A ti y a tu novia ¿Qué clase de gilipollez estáis tramando?-
-No considero que sea una gilipollez buscar intimidad-
-¡Decidle a quien sea que os deje solos y ya está, joder!-
-No queremos que se nos escuche-
-¿Qué pasa?- Rose llegó al cabo del rato, también preparada
-¿Que qué pasa? Rose, hazle entrar en razón ¿Iros los dos a fuera y jugaros la vida por echar un polvo de verdad te merece la pena?- ella me fulminó con la mirada, preguntándome a qué venía eso
-Mira, Nolan, sé que te preocupas por nosotros y que en consenso se te nombró líder y dirigente de este lugar, pero debes comprender que las personas tienen necesidades que deben cubrir y que, siendo pareja, necesitamos intimidad. No se trata de que nos dejéis solos en una habitación o en el pabellón. Es simplemente que queremos disfrutar de la soledad por, no sé, unos minutos, unas horas- expliqué restándole importancia
-Decir que vais a estar "solos" ahí fuera es aún más gilipollas que la simple idea de salir. Nate, por el amor de Dios, que os van a comer vivos por follar unos minutos-
-Bueno, minutos, minutos...- ladeé la cabeza. Rose me dio un manotazo en el brazo
-Bah. Haced lo que os de la puta gana- se enfadó, definitivamente -Pero llevaos armas y tratad de disparar como último recurso únicamente ¿Tenéis hachas o machetes?-
-Yo he cogido- terció Rose
-Pues idos a tomar por culo de una vez. No quiero veros- declaró marchándose de mal humor. Rose y yo nos miramos unos segundos y asentimos. Teníamos vía libre y no nos seguirían. Suponíamos.

Recorrimos unos kilómetros al cabo de un buen rato caminando que no me molesté en calcular. Ibamos en dirección al "pueblo" de Dunkis, que no era ni un pueblo. Eran 3 o 4 casas mal dispuestas y una gasolinera lo que conformaban el lugar. No faltaba mucho para llegar, al menos. Eso era lo que contaba -De verdad... mira que salirle con esas a Nolan...- bufó Rose. Llevaba callada casi todo el camino, algo molesta
-Aún dándole vueltas a eso...- suspiré
-¿Qué imagen va a tener de nosotros?- se preguntó
-¿Qué mas te da? Él tampoco tiene buena impresión sobre nosotros. Sacrificó a August por salvar el pellejo-
-Nosotros también- declaró y el silencio prosiguió. Al menos hasta que llegamos al pueblucho.

Nos dirigimos principalmente a la gasolinera, donde sabía que habría diversos materiales que nos interesaban. Era extraño pensar que en una gasolinera tendrían predictors... pero sí. Dunkis era tan pequeño y estaba en mitad de la nada. Muchos viajeros o incluso los que vivían en los alrededores acudían a la gasolinera de Dunkis en su época en busca de preservativos y demás, además de alcohol y diversas sustancias. Un pueblucho Dunkis, sí, pero en absoluto tontos. Les sobraba el dinero para vivir felizmente las pocas personas que vivían ahí. Ahora ya no vivía nadie. Ni siquiera había animales que se acercaban a husmear -¿Estás seguro Nathan?- preguntó Rose al entrar en la gasolinera y observando los alrededores. Todo estaba destrozado. La caja estaba hecha jirones, las neveras destrozadas y vacías de todo contenido. En el suelo quedaban restos de tela desgarrada, sangre seca mezclada con otros líquidos también pegados al suelo además de bolsas de comida vacía que el viento de vez en cuando arrastraba -Aquí no hay pinta de que haya una mierda-
-Cielo, si algo no se compra desde hace eones son preservativos y predictors... alguno debe quedar-
-Los usarían para hacer fuego- comentó despreocupada, buscando entre la basura y los destrozos
-Algo debe haber...- musité, haciendo un esfuerzo para levantar una vieja estantería que se había caído. Todo cuanto encontraba era basura, latas reventadas, comida más que caducada y... bingo -Mira, aquí-
-¿En serio?- Rose se acercó con curiosidad
-En este mundo en el que los bebés son milagros abundaban estas mierdas, ya sabes- le ofrecí un par de paquetes -Asegúrate-
-¿Habrán caducado?- miró la fecha -No... aún están bien. Joder, qué suerte-
-Alguna vez tenía que sonreirnos ¿no?- nos miramos y nos sonreimos con calidez mutuamente
-Bueno pues... voy a...-
-Venga, adelante- le indiqué con la mano que no se cortara, pero aún así, se marchó a un lugar donde no la viese. Supuse que resultaba incómodo empapar el suelo y posiblemente su propia ropa. Se marchó donde estuviese más cómoda... Craso error.

Estuve esperando unos largos minutos en la entrada de la gasolinera, pendiente de que no se oyeran susurros o siseos, de que nada se moviese de forma sospechosa y más aún, de que cualquier olor que me llegase a la nariz no fuese el de abundante sangre. Sin embargo, tenía la ligera sensación de que algo no iba bien. Rose empezaba a tardar un poco más de la cuenta. No suponía que se quedaría esperando el resultado sola en el bosque, de manera que me decidí a rodear la gasolinera y buscarla en la parte trasera, donde los baños. Estaba allí, estaba bien... pero aún no había hecho nada -Eh... ¿Qué ocurre?-
-Tengo miedo Nate- decía con los aparatos en la mano
-¿Por qué? Es sólo un chorrito y...-
-Ya lo sé. No soy tonta- me recriminó -Pero... sólo de pensar que pueda estar embarazada... Tener la confirmación no es lo mismo que la sospecha. Si se me asegura, Nate ¿Qué haré si lo pierdo? ¿Si fracaso?-
-Rose...- le tomé el rostro con cariño y besé su frente. Estaba algo fría -No es un fracaso. No eres un fracaso ni lo serías. La humanidad está en decadencia. Estamos condenados- le acaricié el cabello -No quiero sonar fatalista pero es una realidad. El simple hecho de que puedas estar embarazada ya te hace especial- le sonreí -Si lo estás... buscaremos la manera ¿de acuerdo? Te prometo que estaré a tu lado pase lo que pase y que cuidaré de que ese niño, o niña, o lo que sea, pueda llegar a nacer. No temas-
-Pfff...- bufó
-Venga, anda- con seriedad en el rostro, entró en el baño y procedió a realizar el test.

Tardó menos de lo que esperé en salir. Ahora sólo faltaba que los aparatos dieran la negativa o la afirmativa -Estoy nerviosa-
-Cálmate- sonreí
-Qué fácil es decirlo... ¿Estarías tranquilo cargando con el posible siguiente paso de la humanidad en tus entrañas?- estaba tan insegura que decidí bromear
-Pensaba que ya cargaba con el futuro de la humanidad entre mis piernas-
-Oh, eres taaan idiota...- dijo con voz pesada, pero acabó doblando la comisura de los labios
-Un gran peso, además ¿eh?- pregunté dándole un suave codazo
-No pienso afirmar ni desmentir esa afirmación Nathan- dijo con orgullo conteniendo la risa
-Si no lo desmientes es que es cierto-
-Igual que si no lo afirmo-
-Me contento con que afirmas no desmentirlo-
-Agh, no me vuelvas loca-
-No, ahora no. Más tarde en la intimidad, quizá un poco-
-Capullo- me terminó por afobetear el brazo, pero parecía ligeramente más relajada al olvidarse de lo que tenía en las manos -Oh, Dios...-
-¿Qué pasa?-
-Nate...- se llevó la mano a la boca y me enseñó las dos rayitas rosas en ambos predictors -N-Nate...- la agarré, se tambaleó -Joder...-
-Tranquila- no pude evitar que se me escapara una risilla -Tranquila, mamá-
-¿Eeeh?- me miró completamente ida -¿M-mamá?-
-Vamos a ser padres Rose-
-Joder...- sonrió
-Vamos a ser padres...- la abracé. Y me abrazó. No sé por cuanto tiempo, pero la oí gimotear un sollozo, pero luego rió. Y yo reí. Daba igual cualquier peligro, cualquier amenaza o cualquier pesar. Por un momento, un pequeño instante, eramos una pareja de enamorados que tenían un milagro entre ambos -Rose...- de nuevo, la miré a los ojos. Pegué mi frente a la de ella. Sentí su aliento cerca de mi rostro -Tenemos que irnos. Dejar el asentamiento. Si se enteran, que se enterarán... no sabemos de qué son capaces-
-¿Y qué vamos a hacer solos, Nate...?- suspiró
-Buscaremos refugio a parte, otra forma de salvaguardarnos. Sólo tenemos que mantenernos lejos de esas cosas... Tenemos que volver, recoger lo que podamos y mientras duermen, desaparecer. Ahora saben que hemos salido y puede que salgan en nuestra búsqueda si tardamos demasiado. Tampoco hemos traido víveres...-
-¿Quieres que les robemos...? Hemos sido compañeros durante...-
-Nolan mató a August- declaró, recordándoselo. Me miró fijamente -Lo mató, Rose. Le disparó a sangre fría sólo para que se alimentaran de él y no de Nolan- aseguré -Tenemos que buscar otro lugar. No son de fiar, no si sus vidas peligran. Y no sabemos de qué son capaces por un bebé, o por una mujer embarazada- ante la contundencia de mis palabras, Rose terminó asintiendo
-Vale...- tiró los predictors al suelo -Vale. Está bien- el aturdimiento de la situación se le desvaneció por completo -Hagamos lo que tengamos que hacer- aseguró, volviendo a ser la Rose de siempre. Nos pusimos en marcha de regreso en seguida.

Después...

No pudimos imaginar que, horas después, una extraña figura en un siniestro traje militar oscuro, con el rostro cubierto por una máscara que le cubría toda faz, encontró los predictors. No dijo nada, no habló, no gesticuló. Observó los aparatos, los tomó del suelo y comprobó el significado bajo la luz de las gafas de visión nocturna que llevaba puesta con la caída del sol. Olfateó los aparatos y, automáticamente, miró en la dirección que habíamos seguido...

martes, 31 de julio de 2018

Rose

La oscuridad de la noche se cernió sobre la escuela, la cual fue únicamente iluminada por las lámparas de aceite y las linternas que los supervivientes mantenían encendidas en el interior del pabellón. Cuando llegué por primera vez a aquel lugar, en verano, dormíamos en el interior de la escuela. Sin embargo ahora el edificio estaba poseído por el más infernal frío que había sentido en años, sobretodo teniendo en cuenta que el invierno ya había pasado. Dormir en el pabellón era mejor opción, pues se mantenía cálido e igualmente seguro en aquella época. Y normalmente, intentábamos mantenernos alegres, con el ánimo alto. Sin embargo, aquella noche, a todos nos rodeó una profunda desesperación. 

La perdida de Diane y August había sido un enorme palo para todos, sobretodo teniendo en cuenta que hacía ya tres meses que no sufríamos bajas. La mayoría de los allí presentes, ya apostados en sus camas, sin poder dormir, se lamentaban. Algunos lloraban. Yo, sin embargo, me encontraba enormemente consternada. Tanto Nathan como yo habíamos sido testigos de como Nolan había sacrificado la vida de un compañero a cambio de una escapatoria fácil. La simple idea, el sencillo recuerdo, me ponía los vellos de punta. Cierto era que Nolan no parecía encontrarse bien del todo desde el regreso, pero... ¿Como saber que no era una fachada para seguir siendo respetado por todos? ¿Como podía saber que no me dispararía a mi o a Nathan en la próxima expedición? Desde la entrada al pabellón observé la escena, oculta entre las sombras. Habíamos decidido no contarle nada a nadie de lo sucedido. 

Quise entrar, saludar a Nathan y preguntarle por su estado. Sin embargo, me empecé a encontrar mal. El estómago empezó a darme vueltas de forma repentina y desafortunada. Rápidamente, sentí como lo que había comido hacía menos de una hora, subía de forma indiscriminada por el aparato digestivo, hasta terminar vomitándolo todo en una esquina, junto a un árbol sin apenas hojas. Después, me tomé unos minutos para recomponerme. Una serie de dudas, de cuestiones e incluso fantasías se cruzaron por mi mente de forma acelerada. No, no era posible... 

Caminé deprisa hacia la cama de Nathan. Éste se encontraba boca arriba sobre la misma, con los brazos extendidos por debajo de la cabeza y los ojos cerrados. La espesa barba desarreglada y las ojeras pronunciadas le hacían parecer muy cansado. -Nathan- le llamé. Abrió los ojos con calma. No se como lo hizo, pero encontró fuerzas para sonreírme. Al hacerlo, se dibujaron algunos surcos de expresión a cada lado de sus ojos. 
-¿Todo bien?- preguntó despreocupado.
-¿Podemos hablar?- pregunté yo sin rodeos. La contundencia de la pregunta hizo que Nathan frunciese el ceño y se irguiese. No supe que cosas se le pasaron por la cabeza, pero estaba segura de que ninguna se acercaba a la realidad de lo que ocurría. -Fuera, aquí no-
-¿Está todo bien? ¿Te pasa algo?- quiso saber. Su voz sonaba preocupada.
-Sí. Está todo bien. Acompáñame-

Salimos del pabellón sin llamar demasiado la atención. En el asentamiento se daba relativa libertad a los supervivientes de hacer lo que quisieran, siempre y cuando se colaborase y no se provocase ninguna clase de peligro para los demás. De aquella manera, que nos apartásemos del grupo cuando ya todos se disponían a dormir no alertó a nadie, más aun cuando todos empezaban a saber que ambos eramos pareja y buscábamos intimidad de vez en cuando. En vez de quedarnos cerca de la puerta, decidí llegar hasta el invernadero. Para nosotros era una suerte que los invernaderos fuesen, antaño, un proyecto escolar. Ahora su estructura nos servía para plantar y comer. Suspiré de forma pesada, intentando poner en orden los pensamientos y buscar una forma clara y concisa de explicar lo que sentía. Sin embargo, Nathan me abstrajo de mis pensamientos cuando, al detenernos, colocó sus manos sobre mi cintura. -No creo que hoy podamos... tener un momento, Rose- explicó con pena en la voz.
-¿Qué?- pregunté -Ah, no. No, Nate. No es eso- añadí al entenderle, apartando sus manos del agarre.
-¿Entonces qué ocurre?-
-Tengo un retraso-

El silencio entre los dos fue sepulcral, únicamente roto por el sonido del viento y la agitación de los árboles que nos rodeaban. Un embarazo... era imposible.

Hacía ya más de veinte años, los gobiernos de todas las naciones declararon el estado de infertilidad para todo el mundo. Hacía ya demasiado tiempo que el numero de concepciones empezó a descender de forma excesivamente drástica. Los de mi generación, fuimos un grupo recudido de nacidos en una época en la que empezaba a sospecharse lo peor. Poco después, apenas nacieron bebés. Los médicos, científicos y expertos en la materia, culparon a los alimentos, las medicinas, los hábitos poco saludables e incluso la proliferación de drogas de la infertilidad y esterilidad de la mayoría de la población. Sin embargo, no llegaron a encontrar nunca una cura, ni si quiera para aquellas gestaciones que lograron dar comienzo pero jamás terminaron. Por supuesto, siguieron naciendo bebés en familias afortunadas, pero el porcentaje fue irrisorio en los últimos años. Tanto, que los más religiosos los calificaban de milagro.

Por ello, las escuelas, como aquella en la que nos encontrábamos, cerraron. Los institutos, los colegios y las guarderías se vieron asoladas por una tasa de natalidad demasiado baja. La oferta educativa no cubría absolutamente nada. Y por ello, la educación en el hogar se volvió algo primordial para los padres afortunados. El estado empezó a proveer a dichos niños de una educación en casa exquisita, de manos de docentes brillantes. Lo mismo ocurría con los servicios médicos de pediatría y todos aquellos servicios que tuviesen algo que ver con la infancia. Mientras, los demás, aquella inmensa mayoría de población estéril o infertil, fuimos educados con valores familiares. Los bebés, los niños... se volvieron lo más preciado para la humanidad. Su importancia, su significado, se concibió como la razón máxima desde que empecé a tener conciencia... Y luego, llegó la catástrofe, y todo aquello pasó a un segundo plano.

Pero pensar que yo estaba embarazada, pensar que podía llegar a ser de ese ínfimo porcentaje de mujeres que conseguían concebir... era una locura. Desde los cinco o seis años no había vuelto a ver a un niño en mi vida. Y como yo, muchísimas personas. No conocía a nadie que hubiese visto a un bebé jamás. Prácticamente, yo era la persona más joven que conocía a mis veintiséis años, de manera que más de una vez dejé de creer en que existían madres afortunadas para pensar que no era más que una treta de los gobiernos para mantener la tranquilidad en la población. De esa manera... No, no podía ser cierto.

-No... No pasa nada, Rose. Quizás es el estrés- Nathan hablaba tranquilo y mostraba seguridad. Supe rápidamente que no tomaba en consideración la posibiliadad. Le debía parecer tan imposible como a mi.
-Lo sé, eso he pensado. Pero suelo ser muy regular con mi periodo. Ni si quiera sufrí retrasos cuando todo ocurrió, o cuando mis padres murieron delante de mis ojos- expliqué en voz baja. me vi obligada a mordisquearme la uña del dedo pulgar y a mover el pie derecho de forma frenética.
-Eh, eh- Nate me tomó por los hombros, evitando que el nerviosismo se apoderase de mi cuerpo -Tranquilízate ¿Vale? Es algo imposible, no va a ocurrir. Todos somos estériles-
-Lo sé, pero... ¿Recuerdas aquellos panfletos que el gobierno empezó a enviar a todas las casas? ¿En los que se detallaban los síntomas que sufrían las mujeres embarazadas? Tengo... prácticamente todos. Me encuentro con sueño desde hace unas semanas, duermo más de la cuenta, los olores me parecen fuertes y... tengo nauseas. He vomitado hará unos minutos- Aquella retahíla de explicaciones hicieron que el hombre volviese a fruncir el ceño.
-Pero... es imposible. No puede ser eso- dijo en un hilo de voz -¿De cuanto es el retraso?-
-Unas... tres semanas- confesé. Le miré a los ojos con desesperación. La mente me pedía a gritos tranquilidad y respuestas. Nathan dio un paso atrás y suspiró, colocando sus manos en las caderas. Miró al suelo por un momento y luego me devolvió la mirada.
-Está bien, tranquilízate. Es imposible. No puede pasar. Esas cosas ya no pasan-
-Pero... ¿Y si...?- Aquella sola pregunta hizo que ambos nos sumiésemos en un sin fin de nuevas cuestiones y posibilidades. Se hizo el silencio nuevamente entre ambos, durante unos largos minutos en los que no apartamos la mirada el uno del otro. No nos veíamos capacitados para sonreír, para celebrarlo, ni si quiera para alegrarnos.
-Mañana iremos a buscar un test de embarazo. Tiene que haber en alguna farmacia. Le diré a Nolan que mañana nos...-
-¡No!- Agarré el brazo de Nathan con desesperación -No se lo digas a nadie. Por favor. No aún- rogué. No sabía qué podía ocurrir si las personas se enteraban de un embarazo cercano. No sabía qué tipo de reacción podían tener las personas. No... No las conocía.
-Tienes razón. No se lo contaremos a nadie. Mañana por la mañana me inventaré algo y nos iremos. Los dos solos ¿De acuerdo? Saldremos de dudas- sentenció con ánimo.
-Nathan... ¿Y si sale positivo? ¿Y si estoy embarazada?-pregunté con un intenso terror.
-Rose... No lo pienses. Incluso si lo estuvieses, hay muchísimas mujeres que se han quedado en cinta y después abortaron durante todos estos años. Eso lo sabes. Que estés embarazada... no tendría por qué significar nada. Estamos enfermos. Es... imposible-
-Pero... ¿Y si no lo es?- me obligué a preguntar. De nuevo, el silencio.
-Entonces... tendremos que hacer algo. Tendremos que... pensar-
Nathan

Nos petrechamos todo cuanto requerimos y comenzamos a preparar los grupos. Junto a Rose y yo, vendrían Nolan, August y Diane. El resto irían en sus propios grupos -¿Estamos todos listos?- preguntó el líder del asentamiento, Nolan, terminando de cargar un rifle viejo de caza que encontró meses atrás y que desde entonces mimaba como si fuese su amante
-Creo que sí- me ajusté bien la mochila en la espalda -¿Rose?-
-Preparada- sonrió
-Ojalá encontremos algo de café hoy, tío- comentó August, recogiéndose la melena en una coleta para que le molestase menos el pelo a la hora de moverse -He perdido la cuenta de los días que no me tomo una buena taza-
-Deja de pensar en lujos muchacho. Hay que encontrar lo primordial: comida, munición, algo que nos pueda servir de arma cuerpo a cuerpo y bienes que nos sirvan para la salud, higiene o medicamentos- enumeró -Así que venga, en marcha- ordenó

Salimos los grupos de 5 personas con tiempos diferenciados como estrategia en caso de que algún saqueador estuviese observando y esperase que la zona se quedase deshabitada para vaciarnos los bolsillos. El primer grupo fue el nuestro. Empezamos a avanzar dirección Este, donde eventualmente encontrariamos una pequeña carretera que nos conduciría, si la seguíamos sin desviarnos, hasta el pueblo de Oeka. Me gustaban los nombres de la zona, definitivamente. Todo se le debía a los nativos que durante generaciones habían poblado las tierras y que, cuando comenzaron a mezclarse con los extranjeros que llegaban nuevos al terreno boscoso, les prestaban los nombres que ellos mismos daban a la tierra.

Caminamos sin descanso durante un par de horas atravesando mares de árboles, raices y piedras hasta que dimos con la mencionada carretera. Seguimos su curso en mayor silencio, prestando atención a nuestros alrededores y a cualquier ruido sospechoso que pudiese llegar a nuestros oídos como advertencia. Diane estaba visiblemente nerviosa por ello -Estate tranquila- dijo paternal Nolan rompiendo la quietud
-Es fácil decirlo- se quejó la muchacha. Era joven, delgada. Tenía el cabello suelto hasta los hombros a excepción de una pequeña coletita en la parte trasera superior de la cabeza -Me parece oírlos a cada paso que damos, Nolan. No te voy a mentir: estoy cagada, hasta las cejas. Muerta de miedo- confesó con aires de enfado
-Todos lo estamos- añadió August -Pero tenemos que colaborar. Todos-
-Ya lo se ¿vale?- se aireó la chica -Sé que no puedo estar en el asentamiento agazapada y esperando a que vosotros hagáis el trabajo sucio pero... joder- desvió la mirada hacia Rose -¿Y tú? ¿No tienes miedo Rose?-
-Claro que lo tengo- se encogió de hombros mi chica -¿Cómo no tenerlo? Estamos al borde de la muerte cada vez que abandonamos el colegio-
-Aunque supongo que es más fácil con Mister Universo como novio, siempre al ladito-
-Eh- intercedí, con mirada severa -Entiendo tu miedo pero controla la lengua, Diane. Yo no soy ningún héroe ni salvador. Rose se vale bien por sí misma. No trates de descargar tu inseguridad sobre los hombros de los demás-
-Pues ahora estás actuando de héroe salvador. Estás defendiéndola en lugar de dejar que ella misma se saque las castañas del fuego-
-Basta- bufó Nolan -Por el amor de Dios ¿Es que no os oís? A cada palabra levantáis la voz un poco más ¿Queréis que todos los susurrantes vengan en fila india para daros un bocadito en la oreja? Porque os juro que os pego un tiro aquí y ahora y que se den un festín con vuestro hígado, porque con el mío, seguro que no- amenazó. Sacar a Nolan de sus casillas era complicado, desde luego, pero la labor se facilitaba estando al raso donde los monstruos podían venir en cualquier momento. Diane apretó los puños, gruñó para sí misma y siguió caminando en mitad del grupo. Parecía habérsele olvidado que llevaba un pequeño hacha colgado del cinturón. Era peligrosa y Rose se fijó en que mi mirada la estaba juzgando, estudiándola. Demasiado miedo. Comprensible, por supuesto, por otro lado. Pero sí, un miedo excesivo la acabaría llevando a la perdición... o a que nosotros cayésemos en su lugar.

Era ya medio día cuando finalmente alcanzamos el pueblo de Oeka. Como siempre, la carretera vacía y los bosques mayormente silenciosos. El panorama, en el pueblo, era diferente. Se podía divisar algún vehículo mal estacionado, con mal aspecto, cristales rotos y restros de sangre tan seca que casi parecía barro. Las viviendas y tiendas que conformaban el pueblo prácticamente formaban una línea recta paralela por ambos lados de la carretera, haciéndolas fácilmente accesibles -Bienvenidos a Oeka, señores- dijo irónico Nolan -Poblado de vacaciones-
-Al menos alguien conserva el humor- bromeó Rose
-Es hora de relajar el ambiente. Estáis todos muy tensos- dijo simplemente, mirando a Diane. Ésta percibió la mirada, pero no dijo nada. Se mantuvo seria y con mirada ausente -Venga, a buscar. Si sucediera algo, pedid ayuda. Si nos ven, poco importa el silencio- todos asentimos y nos separamos.

Rose y yo nos dirigimos como primera parada a la farmacia. Era muy pequeña y estaba completamente destartalada. A juzgar por el aspecto, la habían saqueado ya unas cuantas veces... pero quizá aún quedase algo. A fin de cuentas, Oeka era un pueblo en mitad de la nada y la gente tenía tendencia a reunirse en asentamientos donde fortificarse contra los susurrantes. La chica y yo nos pusimos de inmediato a la tarea de encontrar enseres: pastillas, medicinas, gasas, vendas, analgésicos, pomadas... cualquier cosa que pudiera servir. Encontramos poca cosa de valor. Rose dijo haber hallado unas pastillas analgésicas para mitigar el dolor y poco más. Yo, al menos, encontré diferentes artículos para la higiene -Mira, algo de jabón y desinfectante. Y esto- le lancé sonriente un paquete de compresas lleno de polvo, pero perfectamente cerrado -No hay que descuidar ni manchar la ropa- bromeé, tan centrado en mis labores, que no percibí su cara de seria duda examinando el paquete, reflexiva, calculando. Entonces oímos el grito.

-¡Diane!- gritaba Nolan en mitad de la carretera, donde todos nos apresuramos a llegar. Formamos un círculo con las armas en ristre, preparados para lo que pudiera venir -¡Diane! ¿¡Dónde estás!?- vociferaba. Se oía ruído y estruendo por todas partes, pero no llegábamos a adivinar de dónde procedía
-Tenemos que irnos Nolan- advertí cargando la escopeta
-No podemos dejarla aquí Nate- terció, nervioso
-Lo que no podemos es morir por ella-
-Maldita sea... ¡Diane!- clamó de nuevo
-Sh, callaos- pidió August cuchillo en mano -¿Lo oís?- en un primer instante, tras el silencio, pareció oirse el viento susurrar entre los árboles, entre las ventanas y puertas rotas, a través de los coches destrozados... pero no, no era el viento. Como si fuese un cántico espeluznante, a nuestros oidos llegaban susurros y siseos fantasmales. Estaban ahí, estaban cerca. Nos estaban acechando
-Están aquí- temió Rose, mirándome -Nos tienen-
-No aún- inquirió Nolan preparando el rifle -¡Diane, última oportunidad!- 
-¡Aquí!- se la oyó gritar -¡Estoy aquí! ¡Esperadme!-
-¡Tenemos que irnos!- le di un golpe a Nolan en el hombro
-¡No, aún podemos...!- esta vez, no fueron los susurros y siseos lo que nos hicieron callar. El ambiente se enrareció y se cargó de forma súbita. De una forma pesadillesca ya conocida. Lo que hacía unos instantes era el aire fresco de la montaña ahora apestaba a sangre, hedía, como estar zambullidos en una fosa común de cuerpos chorreantes del líquido vital. De forma instintiva nos tapamos la nariz. Ese olor acre, a hierro... hasta la boca sabía a sangre
-Nathan...- la voz de Rose comenzó a temblr
-Lo sé, cariño...- ninguno nos movíamos un ápice, quietos como estatuas
-Silencio...- susurró Nolan y todos obedecimos sin rechistar
-¡Ayudadme joder!- terció Diane en la distancia -¡Socorro, me tienen acorralada!- sus gritos fueron su perdición. Lo último que llegamos a escuchar segundos después de aquel grito fue el estallido de tablones de madera. Un grito desgarrador por parte de Diane y un crujido descarnado que no quisimos imaginar, pero que se nos agarró a la boca del estómago y nos produjo ganas de vomitar
-Joder, Diane...- se lamentó August casi sin pestañear
-Ahora están ocupados...- musitó Nolan -Moveos despacio, con calma. Que vuestros zapatos ni siquiera levanten piedras del suelo-
-Nathan...- Rose no sabía si obedecer a Nolan
-Hagamos caso, cielo...- con cuidado, la tomé de la mano. Por un momento pensé que ella temblaba, pero descubrí que era yo quien se sacudía como si estuviese recibiendo descargas eléctricas. Los escalofríos que me recorrían la espalda me tensaban los músculos del cuerpo y la mandíbula amenazaba con empezar a castañear. El pavor era enorme, incontrolable. Habíamos oído hablar de ellos, habíamos olido su aroma a sangre, alguna vez creí oír un aullido... pero jamás nos había estado acechando un espectro -Venga, vamos...- poco a poco, echamos a andar. Con sólo dar el primer paso, volvimos a oir los siseos de los susurrantes
-Calma... sólo están alerta...- advirtió Nolan
-Vamos a morir...- dijo August, desesperado
-Silencio- pidió Nolan todo lo bajo que podía sin desesperarse -Sólo obedece, camina y vigila tu alrededor-
-Esto es de locos... vamos a morir... Nos van a comer...-
-August- llamé, pues dejó de caminar -Venga, aprisa-
-No quiero que me coman... no quiero morir así...- le temblaban las manos
-¡August!- exclamé en susurros, y me equivoqué. Me oyeron pese a todo. Los siseos aumentaron y adiviné la forma de un susurrante asomar por una destrozada esquina de una vivienda. Su cuerpo muerto y gravemente herido, deforme, desobedecía las leyes de la existencia. Sus ojos exentos de alma se dirigieron hacia nuestra posición. Su boca descarnada, todo dientes al descubierto y cubiertos de sangre, se abrió con un gruñido amenazante y acabó siseando como una sierpe enloquecida -¡August, ahora!- llamé por última vez
-Al cuerno ¡Corred!- ordenó Nolan y empujó a Rose hacia mí -¡Corred!- ordenó, siguiéndonos. Obedecimos, dándole la espalda al idiota de August. Oímos un fuerte disparo a nuestra espalda y Nolan nos dio alcance tras unos metros recorridos. Sólo él. August no llegó a nuestra situación. No volvió con nosotros al asentamiento. Nolan no quiso hablar con nadie el resto del día, pues había tenido que usar a August de cebo. No había lugar para heroicismos, ni para la amistad o la compasión.

lunes, 30 de julio de 2018

Rose

La agitación a mi al rededor me hizo despertar aquella mañana. Abrí los ojos rápidamente. Casi había olvidado como hacía unos años me permitía el lujo de remolonear en la que era mi cama, taparme el rostro bajo al almohada y tirar de las mantas en pos de un mayor confort personal. Ahora, el estado de alerta debía ser el estado natural del ser humano. Y sentir movimientos a mi al rededor era razón suficiente para erguirse, dejar el sueño atrás y comprobar que ocurría. Por suerte, no sucedía nada.

El pabellón deportivo donde el grupo dormía era bastante grande y cálido, aunque tenía ya algunas goteras. La hilera de improvisadas camas, hechas con colchones abandonados y sábanas sucias, se extendía de lado a lado. La cama de mi lado, la de Nathan, estaba vacía. Y no solo la suya. La de la mayoría también, siendo únicamente ocupadas aquellas que pertenecían a enfermos, niños y ancianos. Por ello, me inquieté. No solo era una falta de respeto para la comunidad, sino una terrible vergüenza el haberse quedado dormida mientras que el resto de supervivientes ya trabajaba para los demás. ¡¿Como me había podido quedar dormida otra vez?! Aquella semana, ya me había ocurrido tres veces y no iba a consentir que ocurriese ni una sola vez más. 

Me puse en pie con rapidez, lo que hizo que se apoderase de mi cuerpo un leve mareo pasajero. Me reajusté la ropa en un intento de dar una mejor imagen, y por último, tome mi mochila y me la colgué del hombro. Pesaba poco, pues en su interior solo portaba un cuchillo, una cuerda y un pequeño trozo de venda. Intentando evitar las miradas indiscretas, caminé deprisa hacia el exterior del pabellón. Llegué a la salida bastante deprisa, pero justo antes de pisar el patio escolar y contemplar el edificio principal que componía nuestro refugio, una mano ancha y dura me tomó de un hombro y me detuvo. -¿Otra vez vagueando?- la voz grave y gutural de Nolan me traspasó los oídos de lado a lado, como una bala. Sentí un sudor frío recorrerme la espalda, a pesar de que en su tono de voz no hallaba irritabilidad alguna.
-Te prometo que no. Me he quedado dormida, eso es todo- me expliqué de forma acelerada y nerviosa, evitando mirarle a la cara. Nuestro líder era un tipo imponente y carismático, lo suficiente como para ser respetado por todos. Sin embargo, yo apenas le conocía aún. De ahí a que la confianza entre ambos fuese muy escasa.
-¿Y no es quedarse dormida un sinónimo de vaguear?- preguntó de nuevo, esta vez, retirando su agarre. Cuando apartó la mano, sentí que me quitaba muchos kilos de encima. -¿Te encuentras bien? ¿Duermes bien?- su tono de voz cambió completamente, volviéndose bajo y calmado.
-Absolutamente- respondí, ésta vez, mirándole a los ojos. En su mirada quedaba un deje de preocupación. Preocupación por su gente. Quizás eso era lo que hacía que los demás quisieran seguirle.
-Está bien. Procura que no vuelva a pasarte. Nathan está limpiando armas en el patio- informó
-¿Por qué me lo cuentas?-
-Pensé que te interesaría saberlo. A fin de cuentas, él y tú... habéis hecho buenas migas- sonrió alzando una ceja. Aquel sencillo gesto hizo que me sonrojase -Conste que me alegro. Relacionarnos, volver a ser quienes eramos, retomar nuestros hábitos y nuestras costumbres... es todo lo que necesitamos ahora- terminó por decir. De nuevo, alzó la mano, pero aquella vez sólo para darme dos pequeños y leves golpes en el hombro -Anda, movilízate-

Caminé a paso acelerado por el patio, intentando que nadie me señalase por no estar ya ocupada en alguna tarea a aquellas horas. Mientras caminaba, me permití contemplar una vez más la estructura de aquel lugar. Aquel enorme patio rodeaba por completo tanto el pabellón como la escuela. Aunque se encontraba sucio y lleno de malas hiervas, aún se podía contemplar en el suelo pintadas hechas con tizas de colores, lápices y rotuladores rotos y malgastados, además de algún que otro papel roto lleno de dibujos. Durante los meses que había estado habitando allí, siempre me imaginaba como fue el último momento en el que aquel lugar fue usado como lo que realmente era y no como un refugio. Imaginaba algún niño jugando en las canchas de baloncesto,  o leyendo libros sobre los bancos de piedra o tratando de hacer pellas y escapar por las murallas que ahora se hallaban reforzadas con múltiples alambres y estacas. De alguna forma, debía ser una suerte que la escuela se encontrase clausurada en el momento en el que el aviso del gobierno se emitió por todos los canales de radio y televisión. No podía imaginar el horror que sería para un niño encontrarse sumido en una catástrofe dentro de una escuela, sin sus padres, sin su familia. Sobretodo, siendo alguien tan importante...

A pocos metros de distancia, divisé a Nathan ocupado con una escopeta sentando sobre un banco. Su rostro de concentración hacia que las cejas se le uniesen y algunas arrugas se acentuasen en su entrecejo, haciéndolo mucho más atractivo a mi vista. Sus manos duras trabajaban con mimo sobre aquella herramienta tan deseada por todos los supervivientes, como si se tratase de una amante. Su posición ligeramente curvada dejaba ver la anchura de sus hombros, lo que hizo que mi imaginación se perdiese por completo durante unos instantes. Nathan... ¿Qué haría yo sin él? Mi presencia le alertó cuando estuve cerca. Alzó la vista y sonrió, haciendo que no echase de menos al sol que se hallaba oculto entre nubes. -Buenos días bella durmiente-
-Oh, cállate. Nolan ya me ha reprendido por eso- confesé con vergüenza, sentándome junto a él.
-No me extraña. Con ésta ya he limpiado seis armas. Ese de allí, Nick- señaló con el dedo a un hombre de pelo negro y rizado -Ha cultivado ya todas las semillas de naranjas que nos comimos todos ayer. Y aquella mujer de allí, que no recuerdo como se llama- señaló a una mujer de pelo canoso, que cargaba una cesta de mimbre -Ha repartido el desayuno a todos. A los veinte. Es decir, a los diecinueve. Tú seguías dormida mientras los demás trabajaban- sonrió. Yo me permití darle un leve golpe en el pecho, en señal de protesta, lo que provocó que soltase una carcajada.
-No lo hago queriendo. Además, tu podrías haberme despertado cuando lo hiciste-
-¿Y hacer desaparecer ese rostro de angelito al que se le cae la baba de entre los labios? Ni hablar- respondió. Yo bufé y miré al frente, negándome a seguir con aquella conversación. Aprovechando el silencio, Nathan llevó las manos hacia su derecha y tomó una pequeña caja de zapatos. No había reparado en ella antes, pensando que se trataba de una caja con material para guardar cosas para limpiar las armas. Sin embargo, me la tendió y cuando la abrí, encontré un pedazo de carne asada. Presumiblemente de conejo. -No sabía donde guardar el pedazo. Pero mejor aquí que dejarte sin desayuno- explicó. Sonreí complacida ante aquel detalle, de manera que tomé el trozo de carne y me lo llevé a los labios para darle un mordisco. Sin embargo, el intenso olor del alimento hizo que me detuviese y compusiese un rostro asqueado. -¿Qué ocurre?-
-¿No huele... un poco fuerte?- pregunté, acercando el pedazo de carne a su nariz. Nathan la olió pero no pareció molestarse.
-No. Puede ser que esté algo cruda, pero no me huele en absoluto mal-
-¿En serio?- pregunté desconcertada. Me llevé de nuevo el pedazo de carne a la boca, pero no pude ni tan siquiera rozarlo con los dientes -No... No puedo comerlo-
-¿Qué?-
-En serio, no puedo. Se me revuelve el estómago sólo con olerlo. Cómetelo tu si quieres- se lo ofrecí
-¿Y no vas a comer nada?-
-La verdad es que no tengo demasiada hambre. No te preocupes- añadí, poniéndome de nuevo en pie -Oye, voy a ver que puedo hacer hoy. Quizás me necesiten para reparar algo o cocinar. No quiero seguir sin hacer nada-
-De acuerdo, pero ¿Vendrás conmigo luego? Hoy hay que salir para buscar materiales. Hay cosas que empiezan ya a escasear y otras que estaría bien encontrar. Vamos a ir en grupos de cinco ¿Cuento contigo?-
-Claro- sonreí. Antes de marcharme, me incliné y le ofrecí un corto beso en los labios, el cual duró incluso menos de lo esperado. Sin decir nada más, me encaminé hacia la escuela en dirección al comedor. ¿Qué haría yo sin Nathan?