martes, 31 de julio de 2018

Rose

La oscuridad de la noche se cernió sobre la escuela, la cual fue únicamente iluminada por las lámparas de aceite y las linternas que los supervivientes mantenían encendidas en el interior del pabellón. Cuando llegué por primera vez a aquel lugar, en verano, dormíamos en el interior de la escuela. Sin embargo ahora el edificio estaba poseído por el más infernal frío que había sentido en años, sobretodo teniendo en cuenta que el invierno ya había pasado. Dormir en el pabellón era mejor opción, pues se mantenía cálido e igualmente seguro en aquella época. Y normalmente, intentábamos mantenernos alegres, con el ánimo alto. Sin embargo, aquella noche, a todos nos rodeó una profunda desesperación. 

La perdida de Diane y August había sido un enorme palo para todos, sobretodo teniendo en cuenta que hacía ya tres meses que no sufríamos bajas. La mayoría de los allí presentes, ya apostados en sus camas, sin poder dormir, se lamentaban. Algunos lloraban. Yo, sin embargo, me encontraba enormemente consternada. Tanto Nathan como yo habíamos sido testigos de como Nolan había sacrificado la vida de un compañero a cambio de una escapatoria fácil. La simple idea, el sencillo recuerdo, me ponía los vellos de punta. Cierto era que Nolan no parecía encontrarse bien del todo desde el regreso, pero... ¿Como saber que no era una fachada para seguir siendo respetado por todos? ¿Como podía saber que no me dispararía a mi o a Nathan en la próxima expedición? Desde la entrada al pabellón observé la escena, oculta entre las sombras. Habíamos decidido no contarle nada a nadie de lo sucedido. 

Quise entrar, saludar a Nathan y preguntarle por su estado. Sin embargo, me empecé a encontrar mal. El estómago empezó a darme vueltas de forma repentina y desafortunada. Rápidamente, sentí como lo que había comido hacía menos de una hora, subía de forma indiscriminada por el aparato digestivo, hasta terminar vomitándolo todo en una esquina, junto a un árbol sin apenas hojas. Después, me tomé unos minutos para recomponerme. Una serie de dudas, de cuestiones e incluso fantasías se cruzaron por mi mente de forma acelerada. No, no era posible... 

Caminé deprisa hacia la cama de Nathan. Éste se encontraba boca arriba sobre la misma, con los brazos extendidos por debajo de la cabeza y los ojos cerrados. La espesa barba desarreglada y las ojeras pronunciadas le hacían parecer muy cansado. -Nathan- le llamé. Abrió los ojos con calma. No se como lo hizo, pero encontró fuerzas para sonreírme. Al hacerlo, se dibujaron algunos surcos de expresión a cada lado de sus ojos. 
-¿Todo bien?- preguntó despreocupado.
-¿Podemos hablar?- pregunté yo sin rodeos. La contundencia de la pregunta hizo que Nathan frunciese el ceño y se irguiese. No supe que cosas se le pasaron por la cabeza, pero estaba segura de que ninguna se acercaba a la realidad de lo que ocurría. -Fuera, aquí no-
-¿Está todo bien? ¿Te pasa algo?- quiso saber. Su voz sonaba preocupada.
-Sí. Está todo bien. Acompáñame-

Salimos del pabellón sin llamar demasiado la atención. En el asentamiento se daba relativa libertad a los supervivientes de hacer lo que quisieran, siempre y cuando se colaborase y no se provocase ninguna clase de peligro para los demás. De aquella manera, que nos apartásemos del grupo cuando ya todos se disponían a dormir no alertó a nadie, más aun cuando todos empezaban a saber que ambos eramos pareja y buscábamos intimidad de vez en cuando. En vez de quedarnos cerca de la puerta, decidí llegar hasta el invernadero. Para nosotros era una suerte que los invernaderos fuesen, antaño, un proyecto escolar. Ahora su estructura nos servía para plantar y comer. Suspiré de forma pesada, intentando poner en orden los pensamientos y buscar una forma clara y concisa de explicar lo que sentía. Sin embargo, Nathan me abstrajo de mis pensamientos cuando, al detenernos, colocó sus manos sobre mi cintura. -No creo que hoy podamos... tener un momento, Rose- explicó con pena en la voz.
-¿Qué?- pregunté -Ah, no. No, Nate. No es eso- añadí al entenderle, apartando sus manos del agarre.
-¿Entonces qué ocurre?-
-Tengo un retraso-

El silencio entre los dos fue sepulcral, únicamente roto por el sonido del viento y la agitación de los árboles que nos rodeaban. Un embarazo... era imposible.

Hacía ya más de veinte años, los gobiernos de todas las naciones declararon el estado de infertilidad para todo el mundo. Hacía ya demasiado tiempo que el numero de concepciones empezó a descender de forma excesivamente drástica. Los de mi generación, fuimos un grupo recudido de nacidos en una época en la que empezaba a sospecharse lo peor. Poco después, apenas nacieron bebés. Los médicos, científicos y expertos en la materia, culparon a los alimentos, las medicinas, los hábitos poco saludables e incluso la proliferación de drogas de la infertilidad y esterilidad de la mayoría de la población. Sin embargo, no llegaron a encontrar nunca una cura, ni si quiera para aquellas gestaciones que lograron dar comienzo pero jamás terminaron. Por supuesto, siguieron naciendo bebés en familias afortunadas, pero el porcentaje fue irrisorio en los últimos años. Tanto, que los más religiosos los calificaban de milagro.

Por ello, las escuelas, como aquella en la que nos encontrábamos, cerraron. Los institutos, los colegios y las guarderías se vieron asoladas por una tasa de natalidad demasiado baja. La oferta educativa no cubría absolutamente nada. Y por ello, la educación en el hogar se volvió algo primordial para los padres afortunados. El estado empezó a proveer a dichos niños de una educación en casa exquisita, de manos de docentes brillantes. Lo mismo ocurría con los servicios médicos de pediatría y todos aquellos servicios que tuviesen algo que ver con la infancia. Mientras, los demás, aquella inmensa mayoría de población estéril o infertil, fuimos educados con valores familiares. Los bebés, los niños... se volvieron lo más preciado para la humanidad. Su importancia, su significado, se concibió como la razón máxima desde que empecé a tener conciencia... Y luego, llegó la catástrofe, y todo aquello pasó a un segundo plano.

Pero pensar que yo estaba embarazada, pensar que podía llegar a ser de ese ínfimo porcentaje de mujeres que conseguían concebir... era una locura. Desde los cinco o seis años no había vuelto a ver a un niño en mi vida. Y como yo, muchísimas personas. No conocía a nadie que hubiese visto a un bebé jamás. Prácticamente, yo era la persona más joven que conocía a mis veintiséis años, de manera que más de una vez dejé de creer en que existían madres afortunadas para pensar que no era más que una treta de los gobiernos para mantener la tranquilidad en la población. De esa manera... No, no podía ser cierto.

-No... No pasa nada, Rose. Quizás es el estrés- Nathan hablaba tranquilo y mostraba seguridad. Supe rápidamente que no tomaba en consideración la posibiliadad. Le debía parecer tan imposible como a mi.
-Lo sé, eso he pensado. Pero suelo ser muy regular con mi periodo. Ni si quiera sufrí retrasos cuando todo ocurrió, o cuando mis padres murieron delante de mis ojos- expliqué en voz baja. me vi obligada a mordisquearme la uña del dedo pulgar y a mover el pie derecho de forma frenética.
-Eh, eh- Nate me tomó por los hombros, evitando que el nerviosismo se apoderase de mi cuerpo -Tranquilízate ¿Vale? Es algo imposible, no va a ocurrir. Todos somos estériles-
-Lo sé, pero... ¿Recuerdas aquellos panfletos que el gobierno empezó a enviar a todas las casas? ¿En los que se detallaban los síntomas que sufrían las mujeres embarazadas? Tengo... prácticamente todos. Me encuentro con sueño desde hace unas semanas, duermo más de la cuenta, los olores me parecen fuertes y... tengo nauseas. He vomitado hará unos minutos- Aquella retahíla de explicaciones hicieron que el hombre volviese a fruncir el ceño.
-Pero... es imposible. No puede ser eso- dijo en un hilo de voz -¿De cuanto es el retraso?-
-Unas... tres semanas- confesé. Le miré a los ojos con desesperación. La mente me pedía a gritos tranquilidad y respuestas. Nathan dio un paso atrás y suspiró, colocando sus manos en las caderas. Miró al suelo por un momento y luego me devolvió la mirada.
-Está bien, tranquilízate. Es imposible. No puede pasar. Esas cosas ya no pasan-
-Pero... ¿Y si...?- Aquella sola pregunta hizo que ambos nos sumiésemos en un sin fin de nuevas cuestiones y posibilidades. Se hizo el silencio nuevamente entre ambos, durante unos largos minutos en los que no apartamos la mirada el uno del otro. No nos veíamos capacitados para sonreír, para celebrarlo, ni si quiera para alegrarnos.
-Mañana iremos a buscar un test de embarazo. Tiene que haber en alguna farmacia. Le diré a Nolan que mañana nos...-
-¡No!- Agarré el brazo de Nathan con desesperación -No se lo digas a nadie. Por favor. No aún- rogué. No sabía qué podía ocurrir si las personas se enteraban de un embarazo cercano. No sabía qué tipo de reacción podían tener las personas. No... No las conocía.
-Tienes razón. No se lo contaremos a nadie. Mañana por la mañana me inventaré algo y nos iremos. Los dos solos ¿De acuerdo? Saldremos de dudas- sentenció con ánimo.
-Nathan... ¿Y si sale positivo? ¿Y si estoy embarazada?-pregunté con un intenso terror.
-Rose... No lo pienses. Incluso si lo estuvieses, hay muchísimas mujeres que se han quedado en cinta y después abortaron durante todos estos años. Eso lo sabes. Que estés embarazada... no tendría por qué significar nada. Estamos enfermos. Es... imposible-
-Pero... ¿Y si no lo es?- me obligué a preguntar. De nuevo, el silencio.
-Entonces... tendremos que hacer algo. Tendremos que... pensar-

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