Nathan
Nos petrechamos todo cuanto requerimos y comenzamos a preparar los grupos. Junto a Rose y yo, vendrían Nolan, August y Diane. El resto irían en sus propios grupos -¿Estamos todos listos?- preguntó el líder del asentamiento, Nolan, terminando de cargar un rifle viejo de caza que encontró meses atrás y que desde entonces mimaba como si fuese su amante
-Creo que sí- me ajusté bien la mochila en la espalda -¿Rose?-
-Preparada- sonrió
-Ojalá encontremos algo de café hoy, tío- comentó August, recogiéndose la melena en una coleta para que le molestase menos el pelo a la hora de moverse -He perdido la cuenta de los días que no me tomo una buena taza-
-Deja de pensar en lujos muchacho. Hay que encontrar lo primordial: comida, munición, algo que nos pueda servir de arma cuerpo a cuerpo y bienes que nos sirvan para la salud, higiene o medicamentos- enumeró -Así que venga, en marcha- ordenó
Salimos los grupos de 5 personas con tiempos diferenciados como estrategia en caso de que algún saqueador estuviese observando y esperase que la zona se quedase deshabitada para vaciarnos los bolsillos. El primer grupo fue el nuestro. Empezamos a avanzar dirección Este, donde eventualmente encontrariamos una pequeña carretera que nos conduciría, si la seguíamos sin desviarnos, hasta el pueblo de Oeka. Me gustaban los nombres de la zona, definitivamente. Todo se le debía a los nativos que durante generaciones habían poblado las tierras y que, cuando comenzaron a mezclarse con los extranjeros que llegaban nuevos al terreno boscoso, les prestaban los nombres que ellos mismos daban a la tierra.
Caminamos sin descanso durante un par de horas atravesando mares de árboles, raices y piedras hasta que dimos con la mencionada carretera. Seguimos su curso en mayor silencio, prestando atención a nuestros alrededores y a cualquier ruido sospechoso que pudiese llegar a nuestros oídos como advertencia. Diane estaba visiblemente nerviosa por ello -Estate tranquila- dijo paternal Nolan rompiendo la quietud
-Es fácil decirlo- se quejó la muchacha. Era joven, delgada. Tenía el cabello suelto hasta los hombros a excepción de una pequeña coletita en la parte trasera superior de la cabeza -Me parece oírlos a cada paso que damos, Nolan. No te voy a mentir: estoy cagada, hasta las cejas. Muerta de miedo- confesó con aires de enfado
-Todos lo estamos- añadió August -Pero tenemos que colaborar. Todos-
-Ya lo se ¿vale?- se aireó la chica -Sé que no puedo estar en el asentamiento agazapada y esperando a que vosotros hagáis el trabajo sucio pero... joder- desvió la mirada hacia Rose -¿Y tú? ¿No tienes miedo Rose?-
-Claro que lo tengo- se encogió de hombros mi chica -¿Cómo no tenerlo? Estamos al borde de la muerte cada vez que abandonamos el colegio-
-Aunque supongo que es más fácil con Mister Universo como novio, siempre al ladito-
-Eh- intercedí, con mirada severa -Entiendo tu miedo pero controla la lengua, Diane. Yo no soy ningún héroe ni salvador. Rose se vale bien por sí misma. No trates de descargar tu inseguridad sobre los hombros de los demás-
-Pues ahora estás actuando de héroe salvador. Estás defendiéndola en lugar de dejar que ella misma se saque las castañas del fuego-
-Basta- bufó Nolan -Por el amor de Dios ¿Es que no os oís? A cada palabra levantáis la voz un poco más ¿Queréis que todos los susurrantes vengan en fila india para daros un bocadito en la oreja? Porque os juro que os pego un tiro aquí y ahora y que se den un festín con vuestro hígado, porque con el mío, seguro que no- amenazó. Sacar a Nolan de sus casillas era complicado, desde luego, pero la labor se facilitaba estando al raso donde los monstruos podían venir en cualquier momento. Diane apretó los puños, gruñó para sí misma y siguió caminando en mitad del grupo. Parecía habérsele olvidado que llevaba un pequeño hacha colgado del cinturón. Era peligrosa y Rose se fijó en que mi mirada la estaba juzgando, estudiándola. Demasiado miedo. Comprensible, por supuesto, por otro lado. Pero sí, un miedo excesivo la acabaría llevando a la perdición... o a que nosotros cayésemos en su lugar.
Era ya medio día cuando finalmente alcanzamos el pueblo de Oeka. Como siempre, la carretera vacía y los bosques mayormente silenciosos. El panorama, en el pueblo, era diferente. Se podía divisar algún vehículo mal estacionado, con mal aspecto, cristales rotos y restros de sangre tan seca que casi parecía barro. Las viviendas y tiendas que conformaban el pueblo prácticamente formaban una línea recta paralela por ambos lados de la carretera, haciéndolas fácilmente accesibles -Bienvenidos a Oeka, señores- dijo irónico Nolan -Poblado de vacaciones-
-Al menos alguien conserva el humor- bromeó Rose
-Es hora de relajar el ambiente. Estáis todos muy tensos- dijo simplemente, mirando a Diane. Ésta percibió la mirada, pero no dijo nada. Se mantuvo seria y con mirada ausente -Venga, a buscar. Si sucediera algo, pedid ayuda. Si nos ven, poco importa el silencio- todos asentimos y nos separamos.
Rose y yo nos dirigimos como primera parada a la farmacia. Era muy pequeña y estaba completamente destartalada. A juzgar por el aspecto, la habían saqueado ya unas cuantas veces... pero quizá aún quedase algo. A fin de cuentas, Oeka era un pueblo en mitad de la nada y la gente tenía tendencia a reunirse en asentamientos donde fortificarse contra los susurrantes. La chica y yo nos pusimos de inmediato a la tarea de encontrar enseres: pastillas, medicinas, gasas, vendas, analgésicos, pomadas... cualquier cosa que pudiera servir. Encontramos poca cosa de valor. Rose dijo haber hallado unas pastillas analgésicas para mitigar el dolor y poco más. Yo, al menos, encontré diferentes artículos para la higiene -Mira, algo de jabón y desinfectante. Y esto- le lancé sonriente un paquete de compresas lleno de polvo, pero perfectamente cerrado -No hay que descuidar ni manchar la ropa- bromeé, tan centrado en mis labores, que no percibí su cara de seria duda examinando el paquete, reflexiva, calculando. Entonces oímos el grito.
-¡Diane!- gritaba Nolan en mitad de la carretera, donde todos nos apresuramos a llegar. Formamos un círculo con las armas en ristre, preparados para lo que pudiera venir -¡Diane! ¿¡Dónde estás!?- vociferaba. Se oía ruído y estruendo por todas partes, pero no llegábamos a adivinar de dónde procedía
-Tenemos que irnos Nolan- advertí cargando la escopeta
-No podemos dejarla aquí Nate- terció, nervioso
-Lo que no podemos es morir por ella-
-Maldita sea... ¡Diane!- clamó de nuevo
-Sh, callaos- pidió August cuchillo en mano -¿Lo oís?- en un primer instante, tras el silencio, pareció oirse el viento susurrar entre los árboles, entre las ventanas y puertas rotas, a través de los coches destrozados... pero no, no era el viento. Como si fuese un cántico espeluznante, a nuestros oidos llegaban susurros y siseos fantasmales. Estaban ahí, estaban cerca. Nos estaban acechando
-Están aquí- temió Rose, mirándome -Nos tienen-
-No aún- inquirió Nolan preparando el rifle -¡Diane, última oportunidad!-
-¡Aquí!- se la oyó gritar -¡Estoy aquí! ¡Esperadme!-
-¡Tenemos que irnos!- le di un golpe a Nolan en el hombro
-¡No, aún podemos...!- esta vez, no fueron los susurros y siseos lo que nos hicieron callar. El ambiente se enrareció y se cargó de forma súbita. De una forma pesadillesca ya conocida. Lo que hacía unos instantes era el aire fresco de la montaña ahora apestaba a sangre, hedía, como estar zambullidos en una fosa común de cuerpos chorreantes del líquido vital. De forma instintiva nos tapamos la nariz. Ese olor acre, a hierro... hasta la boca sabía a sangre
-Nathan...- la voz de Rose comenzó a temblr
-Lo sé, cariño...- ninguno nos movíamos un ápice, quietos como estatuas
-Silencio...- susurró Nolan y todos obedecimos sin rechistar
-¡Ayudadme joder!- terció Diane en la distancia -¡Socorro, me tienen acorralada!- sus gritos fueron su perdición. Lo último que llegamos a escuchar segundos después de aquel grito fue el estallido de tablones de madera. Un grito desgarrador por parte de Diane y un crujido descarnado que no quisimos imaginar, pero que se nos agarró a la boca del estómago y nos produjo ganas de vomitar
-Joder, Diane...- se lamentó August casi sin pestañear
-Ahora están ocupados...- musitó Nolan -Moveos despacio, con calma. Que vuestros zapatos ni siquiera levanten piedras del suelo-
-Nathan...- Rose no sabía si obedecer a Nolan
-Hagamos caso, cielo...- con cuidado, la tomé de la mano. Por un momento pensé que ella temblaba, pero descubrí que era yo quien se sacudía como si estuviese recibiendo descargas eléctricas. Los escalofríos que me recorrían la espalda me tensaban los músculos del cuerpo y la mandíbula amenazaba con empezar a castañear. El pavor era enorme, incontrolable. Habíamos oído hablar de ellos, habíamos olido su aroma a sangre, alguna vez creí oír un aullido... pero jamás nos había estado acechando un espectro -Venga, vamos...- poco a poco, echamos a andar. Con sólo dar el primer paso, volvimos a oir los siseos de los susurrantes
-Calma... sólo están alerta...- advirtió Nolan
-Vamos a morir...- dijo August, desesperado
-Silencio- pidió Nolan todo lo bajo que podía sin desesperarse -Sólo obedece, camina y vigila tu alrededor-
-Esto es de locos... vamos a morir... Nos van a comer...-
-August- llamé, pues dejó de caminar -Venga, aprisa-
-No quiero que me coman... no quiero morir así...- le temblaban las manos
-¡August!- exclamé en susurros, y me equivoqué. Me oyeron pese a todo. Los siseos aumentaron y adiviné la forma de un susurrante asomar por una destrozada esquina de una vivienda. Su cuerpo muerto y gravemente herido, deforme, desobedecía las leyes de la existencia. Sus ojos exentos de alma se dirigieron hacia nuestra posición. Su boca descarnada, todo dientes al descubierto y cubiertos de sangre, se abrió con un gruñido amenazante y acabó siseando como una sierpe enloquecida -¡August, ahora!- llamé por última vez
-Al cuerno ¡Corred!- ordenó Nolan y empujó a Rose hacia mí -¡Corred!- ordenó, siguiéndonos. Obedecimos, dándole la espalda al idiota de August. Oímos un fuerte disparo a nuestra espalda y Nolan nos dio alcance tras unos metros recorridos. Sólo él. August no llegó a nuestra situación. No volvió con nosotros al asentamiento. Nolan no quiso hablar con nadie el resto del día, pues había tenido que usar a August de cebo. No había lugar para heroicismos, ni para la amistad o la compasión.
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