Prólogo
Nathan
Aún podía recordar el momento exácto, el cómo sucedió y cuándo sucedió. Habían pasado ya dos años desde lo que vulgarmente llamábamos Catástrofe, por ser optimistas y no llamarlo el "el fin del mundo" tal y como lo conocíamos. Fue de noche, con un gran eclipse lunar. El más grande registrado en la historia, decían, por la trayectoria de la luna y no se qué más datos astronómicos que desconocía. Era roja, eso sí podía asegurarlo. Roja como la sangre más pura que fluía por las venas de cada ser humano vivo sobre la faz de la tierra. Roja como la sangre que comenzó a derramarse en esa mismísima noche hasta los días venideros que nos llevaban al presente de forma inexorable.
En ese momento oía el río fluir bajo un cielo oscuro, lleno de nubes que amenazaban agua. Observaba con cuidado el paso de un pequeño cervatillo que distraidamente se acercaba a beber agua con cierta despreocupación, algo poco común en los animales, pero a fin de cuentas era pequeño. Apunté con cuidado y tratando de no hacer demasiado ruido entre los matorrales con aquella escopeta de caza de doble cañón que Nolan, el líder del asentamiento en el que ahora vivíamos, me prestó. Contuve la respiración, apunté bien. Ajusté el dedo suavemente sobre el gatillo... -¿Seguro que no vamos a atraer atención de amigos insedeables?- habló Rose a mi espalda, sobresaltándome y haciéndome bajar el arma de inmediato para no malgastar el disparo. La miré con seriedad, desaprovándola
-¿Es que no ves que estoy a punto de conseguirnos comida?- gruñí, pero sin poder enfadarme realmente con ella. Hablábamos en baja voz y el río tampoco permitía que se nos oyera con total claridad
-No soy yo la más entendida a la hora de utilizar armas de fuego, cielo, pero estamos en mitad del bosque con esas cosas corriendo libres por ahí... Dudo mucho que sea sabio atraerlos, eso es todo- mi chica, Rose, siempre tan preocupada. Era obvio ¿Quién no lo estaba en ese entonces? Se abrazó a sí misma y se acarició los brazos sobre la chaqueta. Hacía frío y la brisa soplaba inclemente. Arrastraba olor a lluvia y eso no eran buenas noticias
-Lo sé, pero...- giré la cabeza para mirar una vez más al cervatillo -No abundan estas oportunidades. Además parece estar sano...- Rose miró por encima de mi hombro
-¿Es que acaso ahora los muertos dejan escapar a sus presas? Tenía entendido que una vez atrapan comida no la sueltan hasta...- suspiró
-Sí, lo sé, por eso debemos aprovechar- volví a posicionarme y apunté de nuevo con la escopeta de caza
-Nathan... piénsalo bien, por favor-
-¿Es que no tienes hambre?- volví a mirarla
-Claro que sí. Todos tenemos hambre, pero me da miedo...- confesó
-Mira el cielo Rose. Va a llover en no mucho tiempo. Tenemos que volver al asentamiento lo más rápido posible y si podemos llevar comida, mejor. Sobretodo por si no lo conseguimos-
-No digas tonterías- me dio una bofetada en el hombro con poca fuerza
-No me refiero a morir, tonta- le sonreí con calidez -Pero si tenemos que buscar refugio, estará bien que podamos llevarnos algo a la boca- finalmente la chica asintió y se tapó los oídos con las manos. Volví a apuntar y esta vez, nada me detuvo.
Era, como dije, un cervatillo. No era muy agrande precisamente pero como beneficio también pesaba poco. Lo llevaba colgado del cuello sosteniendo sendos pares de patas con las manos mientras Rose caminaba a mi lado, sorteando árboles y raíces, con la escopeta cargada en las manos -Me da cierta lástima. Odio tener que matar animales- comentó ofuscada
-¿Prefieres comer personas?- bromeé
-No seas idiota, Nathan. Detesto tu humor negro-
-Hoy día, cariño, cualquier humor es negro- me encogí de hombros
-¿Qué vamos a hacer ahora?- suspiró, mirando a todas partes -No tiene pinta de que podamos lograrlo a tiempo-
-Tienes razón- concedí, mirando al cielo. A través de las altas copas llenas de hojas primaverales, me cayó una gota de agua en la nariz -Está empezando-
-¿Habrá alguna cueva por aquí?- la chica apretó el paso
-No hay montañas cerca, pero quizá...- en el lugar que habitábamos, conocidos como Bosques de Wutra en Mutna, había muchas, muchísimas casas repartidas por los bosques. Era un estado vastamente recorrido por bosques y montañas, muy al norte, donde las cumbres casi siempre estaban coronadas por la nieve. No quedaba más remedio pra el intrépido que se atrevía a vivir en esos lares que acostumbrarse a ser un hombre o mujer de bosques y aprovecharse de la naturaleza. Obviamente había ciudades, muchas, pero en ese entonces nos pillaban muy lejos-
De esa forma, anduvimos durante largo rato. Ya había empezado a llover y cada vez aumentábamos más y más el paso. Llevar el cervatillo muerto encima era un reclamo atroz. Aunque para el sentido del olfato humano no fuera muy perceptible, para los susurrantes eran balizas de salvamento. Los muertos andaban entre nosotros, caminaban y pululaban por todas partes, siempre buscando presas vivas o incluso muertas para devorarlas como bestias salvajes totalmente carentes del menor raciocinio ¿Pero qué podía decir? Eran muertos, a fin de cuentas. Muertos literales. Algunos estaban en tan mal estado que revolvía el estómago... pero el problema no era realmente ellos. No eran esos que caminaban siseando entre dientes en pos de alimento, sino lo que alimentaban en su interior y afloraban tiempo después. Esas... cosas... eran el verdadero problema -¡Allí!- terció Rose de pronto, señalando una casucha destartalada en mitad de la nada -¡Vamos, corre!- inquirió con ímpetu, alegre, de poder estar refugiada en algún lugar.
Llegamos a la casa a toda prisa y cerramos la puerta a toda velocidad. Apenas comprobamos que no había nadie dentro cuando ya arrastramos el viejo y estropeado frigorífico hacia la puerta para bloquear cualquier tipo de acceso del exterior al interior. Por fortuna, la cocina, por donde entramos, estaba despejada -Lo hicimos- se echó a reir
-Pues sí... lo hicimos- concedí risueño -Pero estamos empapados-
-¿Encendemos un fuego?-
-Sí... pero no en la chimenea. No debemos llamar la atención-
-¿Y qué propones?- se cruzó de brazos mirando al rededor
-Déjame ver...- procedí entonces a inspeccionar el salón con sumo cuidado, aguzando el oído. Realmente no parecía haber nada en esa casa, ni nadie. De modo que arrastré el sofá destartalado que había en mitad del salón para dejar despejada la zona central -¿Sabías despellejar animales?- la cara de Rose me lo dijo todo ante aquella pregunta -Vale... Entonces, antes de bloquear esa entrada- señalé la puerta del salón -Sal a coger unas piedras para hacer una fogata- ordené. La chica obedeció mientras yo me dedicaba a coger cualquier objeto de madera pequeño, como marcos de fotos, patas de sillas y demás. Mientras terminaba de volver, procedí a abrir al cervatillo con el puñal militar que llevaba en la mochila. Destripé a la pobre criatura y la despellejé como pude y eliminé los restos envolviéndolos en una vieja y raída cortina para que no desprendiesen olor demasiado pronto. Los arrojé a la cocina una vez hube terminado.
Con Rose de vuelta cargada de piedras, las dispusimos en círculo para controlar el perímetro del fuego y prendí fuego a la madera recogida. El cervatillo despellejado y destripado fue cortado a trozos que dejamos reposar sobre las mismas piedras, dejando que el fuego los hiciera como buenamente podía. Observé, una vez relajado tras acabar el trabajo, que la chica temblaba -Quítate la ropa- ordené tratando de que sonara como una sugerencia
-¿No hay forma más romántica de pedirlo?- arqueó las cejas sorprendidas. Me hizo sonreir, como siempre.
-No seas tonta. Ven, aquí junto al fuego. Mientras se hace la carne entraremos en calor y con la ropa empapada nos vamos a coger una buena pulmonía- expliqué mientras yo mismo me deshacía de la ropa, quitándome zapatos y chaqueta y posteriormente la camiseta y pantalones. Al ser primavera, la temperatura tampoco era gélida, lo cual ayudaba. Rose, por su parte, hizo lo propio hasta que por fin se acercó y se sentó a mi lado -Ven- la abracé. Estaba cálida, pero la superficie de su piel estaba fría. Con ella en brazos me dejé caer cuan largo era hasta quedar ambos tendidos junto al fuego, ella por delante, entre las llamas y yo
-Pues no se está tan mal- bromeó
-Claro que no- concluí besando uno de sus hombros.
La lluvia ya caía con descontrol en el exterior y se oía repicar en las viejas ventanas y en el tejado. El pequeño fuego crepitaba mientras la carne se iba tostando lentamente. El tiempo pasaba despacio y en silencio, hasta que por fin ella habló -Casi había olvidado lo que es el silencio- musitó -No oír órdenes ni lamentos de compañeros, no andar pendiente de siseos, pisadas extrañas en la espesura ni oler a sangre-
-Tienes toda la razón...- con suavidad acariciaba su cadera desnuda. Me gustaba el tacto de su piel. Me hacía olvidar -Quizá podríamos quedarnos aquí a vivir- ella se giró hasta mirarme
-¿Ah, sí? ¿Y tenerme aquí encerrada hasta morir de exceso de humedad?- bromeó mirándome a los ojos -No creo que sea lo ideal-
-Yo te doy calor- sonreí pícaro -Además, así me aseguro de que si alguien te muerde, seré yo. Y no contagio nada-
-No seas idiota...- dijo en un hilo de voz. Me besó con extrema suavidad -Pero es cierto... no puedo evitar pensar en si nada de esto hubiese sucedido...-
-Llámame egoista, pero si no hubiese sucedido quizá no te habría conocido- dije con seriedad -Y lo prefiero-
-¿La disolución de la sociedad establecida a cambio de una chica que se cuestiona hasta el reflejo en el espejo?- arqueó una ceja
-El fin del mundo mismo por esa chica que todo lo cuestiona. Y sí, seguramente te estés cuestionando lo que te estoy diciendo- sonrió de forma inmediata, revelando sus pensamientos -Pero estoy dispuesto a demostrarlo cada día-
-Definitivamente eres tonto- concluyó
-Tal vez- nos miramos finalmente a los ojos durante un largo instante, acompañados por la lluvia y el crepitar del fuego. Entonces llegó el beso. El largo beso.
Que estuvieramos semi desnudos ayudaba, pero principalmente fue el beso. La soledad, el contacto, el amor y la necesidad. Primero fue un largo beso, luego le siguieron más. Y a cada beso que llegaba, era más apasionado. Primero chasquearon los labios, luego jugaron las lenguas. Mis manos se movían solas, sin consultar a mi conciencia. Cualquier parte de su cuerpo que acariciaba y agarraba me pertenecía en ese momento, como yo a ella. En un alarde de picardía giró sobre mí y se posicionó sobre mi cuerpo, pero aquello sólo me ayudó a desabrochar despacio y con gentileza el sujetador para acabar revelando al calor del fuego la belleza de sus pechos. Dejó de besarme para mirarme un instante y yo le devolví la mirada. Hablábamos sin decirnos nada. Decíamos lo que queríamos hacer sin pronunciar una sola palabra. Me tomó las manos y las condujo ella misma hasta sus senos. Me hizo apretarlos, acaricialos, sentirlos como parte de mi propia carne y para mí, fue más que suficiente.
Rodé sobre ella, ganando esta vez la posición superior. Volví a besarla con efusividad hasta que nuestros labios se humedecieron de pasión y saliva. Me permití el regalo de desnudarla por completo y llevar con cuidado la mano hasta su mayor intimidad, robándole un gemido mientras sus ojos me miraban brillantes. Primero acaricié con cuidado, tentando. Después, con cuidado, introduje un dedo al compás de su gemido. Ella me tomó del rostro y me besó aún con más pasión a la que yo respondía con besos y movimientos manuales allá donde se encumbra su placer. Continué con el juego de íntimo erotismo hasta que el calor ya casi nos quemaba y amenazaba con hasta arrancarnos sudores y suspiros -Venga, vamos...- susurró ella con una sonrisa llena de benigna malicia. Yo simplemente volví a sonreir y a besarla mientras, desnudo, me disponía entre sus piernas.
Llegué a pensar que en mi delirio de deseo por Rose no llegaría a sentir el inicio del encuentro sexual, pero cuánto me equivocaba. En cuanto me abrí paso con delicadeza en su interior ambos gemimos al mismo tiempo. Sus manos se engancharon a mi espalda como garfios candentes y mis manos se repartieron; una en su muslo derecho y otra en su pecho. No hubo más que decir, no había la menor necesidad. Seguimos besándonos con el lance de labios brillantes y lenguas traviesas, de pensamientos en blanco e instinto desnudo a la vez que el va y ven de caderas rítmico y penetrante arrancaba jadeos y gemidos de locura y placer por parte de ambos. Cada vez más rápido, más profundo, más fuerte. Nos olvidamos de la lluvia, del fuego, de la carne y de todos los peligros exteriores. Nos hicimos uno en un simple vórtice en el juego que solo los dos compartiamos y comprendíamos y continuó hasta que nuestra carne restallaba a cada embite, hasta cuando los jadeos y suspiros nos impedían besarnos y sólo mirarnos a los ojos, a contemplarnos los cuerpos en movimiento. Mis ojos recorrían desde sus caderas hasta el movimiento hipnótico de sus pechos a cada golpe que propinaba con las caderas y ella se afanaba a mi espalda, hombros o brazos. Y jadeaba, y gemía, y mis sentidos se adormecían con ver el rubor y el placer en su rostro, el brillo en sus ojos como estrellas titilando en la noche. Entonces sentí la presión tanto en mi torso como en mi masculinidad. La sentí cerrarse sobre mí como como una llave que encadena el corazón mientras sus gemidos se alzaban en el clímax que me regalaba, que yo le arrebataba, mientras yo mismo no podía detenerme y culminaba en ella sin detener mis movimientos y embites, apegándome a su cuerpo, embobado por el sonido de su cuerpo mientras me deshacía y derramaba en cada fragmento que la componía. Se hizo pues el silencio tras el mutuo orgasmo y nos miramos una vez más jadeantes, sin dejar de tocarnos, sin soltarnos. Sólo lluvia, fuego y ahora nuestro aliento, que ella aderezó con la sonrisa más cálida y bonita que jamás me habían dedicado.
...
Pero ese momento iba a cambiarlo todo, para siempre.
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