martes, 31 de julio de 2018

Rose

La oscuridad de la noche se cernió sobre la escuela, la cual fue únicamente iluminada por las lámparas de aceite y las linternas que los supervivientes mantenían encendidas en el interior del pabellón. Cuando llegué por primera vez a aquel lugar, en verano, dormíamos en el interior de la escuela. Sin embargo ahora el edificio estaba poseído por el más infernal frío que había sentido en años, sobretodo teniendo en cuenta que el invierno ya había pasado. Dormir en el pabellón era mejor opción, pues se mantenía cálido e igualmente seguro en aquella época. Y normalmente, intentábamos mantenernos alegres, con el ánimo alto. Sin embargo, aquella noche, a todos nos rodeó una profunda desesperación. 

La perdida de Diane y August había sido un enorme palo para todos, sobretodo teniendo en cuenta que hacía ya tres meses que no sufríamos bajas. La mayoría de los allí presentes, ya apostados en sus camas, sin poder dormir, se lamentaban. Algunos lloraban. Yo, sin embargo, me encontraba enormemente consternada. Tanto Nathan como yo habíamos sido testigos de como Nolan había sacrificado la vida de un compañero a cambio de una escapatoria fácil. La simple idea, el sencillo recuerdo, me ponía los vellos de punta. Cierto era que Nolan no parecía encontrarse bien del todo desde el regreso, pero... ¿Como saber que no era una fachada para seguir siendo respetado por todos? ¿Como podía saber que no me dispararía a mi o a Nathan en la próxima expedición? Desde la entrada al pabellón observé la escena, oculta entre las sombras. Habíamos decidido no contarle nada a nadie de lo sucedido. 

Quise entrar, saludar a Nathan y preguntarle por su estado. Sin embargo, me empecé a encontrar mal. El estómago empezó a darme vueltas de forma repentina y desafortunada. Rápidamente, sentí como lo que había comido hacía menos de una hora, subía de forma indiscriminada por el aparato digestivo, hasta terminar vomitándolo todo en una esquina, junto a un árbol sin apenas hojas. Después, me tomé unos minutos para recomponerme. Una serie de dudas, de cuestiones e incluso fantasías se cruzaron por mi mente de forma acelerada. No, no era posible... 

Caminé deprisa hacia la cama de Nathan. Éste se encontraba boca arriba sobre la misma, con los brazos extendidos por debajo de la cabeza y los ojos cerrados. La espesa barba desarreglada y las ojeras pronunciadas le hacían parecer muy cansado. -Nathan- le llamé. Abrió los ojos con calma. No se como lo hizo, pero encontró fuerzas para sonreírme. Al hacerlo, se dibujaron algunos surcos de expresión a cada lado de sus ojos. 
-¿Todo bien?- preguntó despreocupado.
-¿Podemos hablar?- pregunté yo sin rodeos. La contundencia de la pregunta hizo que Nathan frunciese el ceño y se irguiese. No supe que cosas se le pasaron por la cabeza, pero estaba segura de que ninguna se acercaba a la realidad de lo que ocurría. -Fuera, aquí no-
-¿Está todo bien? ¿Te pasa algo?- quiso saber. Su voz sonaba preocupada.
-Sí. Está todo bien. Acompáñame-

Salimos del pabellón sin llamar demasiado la atención. En el asentamiento se daba relativa libertad a los supervivientes de hacer lo que quisieran, siempre y cuando se colaborase y no se provocase ninguna clase de peligro para los demás. De aquella manera, que nos apartásemos del grupo cuando ya todos se disponían a dormir no alertó a nadie, más aun cuando todos empezaban a saber que ambos eramos pareja y buscábamos intimidad de vez en cuando. En vez de quedarnos cerca de la puerta, decidí llegar hasta el invernadero. Para nosotros era una suerte que los invernaderos fuesen, antaño, un proyecto escolar. Ahora su estructura nos servía para plantar y comer. Suspiré de forma pesada, intentando poner en orden los pensamientos y buscar una forma clara y concisa de explicar lo que sentía. Sin embargo, Nathan me abstrajo de mis pensamientos cuando, al detenernos, colocó sus manos sobre mi cintura. -No creo que hoy podamos... tener un momento, Rose- explicó con pena en la voz.
-¿Qué?- pregunté -Ah, no. No, Nate. No es eso- añadí al entenderle, apartando sus manos del agarre.
-¿Entonces qué ocurre?-
-Tengo un retraso-

El silencio entre los dos fue sepulcral, únicamente roto por el sonido del viento y la agitación de los árboles que nos rodeaban. Un embarazo... era imposible.

Hacía ya más de veinte años, los gobiernos de todas las naciones declararon el estado de infertilidad para todo el mundo. Hacía ya demasiado tiempo que el numero de concepciones empezó a descender de forma excesivamente drástica. Los de mi generación, fuimos un grupo recudido de nacidos en una época en la que empezaba a sospecharse lo peor. Poco después, apenas nacieron bebés. Los médicos, científicos y expertos en la materia, culparon a los alimentos, las medicinas, los hábitos poco saludables e incluso la proliferación de drogas de la infertilidad y esterilidad de la mayoría de la población. Sin embargo, no llegaron a encontrar nunca una cura, ni si quiera para aquellas gestaciones que lograron dar comienzo pero jamás terminaron. Por supuesto, siguieron naciendo bebés en familias afortunadas, pero el porcentaje fue irrisorio en los últimos años. Tanto, que los más religiosos los calificaban de milagro.

Por ello, las escuelas, como aquella en la que nos encontrábamos, cerraron. Los institutos, los colegios y las guarderías se vieron asoladas por una tasa de natalidad demasiado baja. La oferta educativa no cubría absolutamente nada. Y por ello, la educación en el hogar se volvió algo primordial para los padres afortunados. El estado empezó a proveer a dichos niños de una educación en casa exquisita, de manos de docentes brillantes. Lo mismo ocurría con los servicios médicos de pediatría y todos aquellos servicios que tuviesen algo que ver con la infancia. Mientras, los demás, aquella inmensa mayoría de población estéril o infertil, fuimos educados con valores familiares. Los bebés, los niños... se volvieron lo más preciado para la humanidad. Su importancia, su significado, se concibió como la razón máxima desde que empecé a tener conciencia... Y luego, llegó la catástrofe, y todo aquello pasó a un segundo plano.

Pero pensar que yo estaba embarazada, pensar que podía llegar a ser de ese ínfimo porcentaje de mujeres que conseguían concebir... era una locura. Desde los cinco o seis años no había vuelto a ver a un niño en mi vida. Y como yo, muchísimas personas. No conocía a nadie que hubiese visto a un bebé jamás. Prácticamente, yo era la persona más joven que conocía a mis veintiséis años, de manera que más de una vez dejé de creer en que existían madres afortunadas para pensar que no era más que una treta de los gobiernos para mantener la tranquilidad en la población. De esa manera... No, no podía ser cierto.

-No... No pasa nada, Rose. Quizás es el estrés- Nathan hablaba tranquilo y mostraba seguridad. Supe rápidamente que no tomaba en consideración la posibiliadad. Le debía parecer tan imposible como a mi.
-Lo sé, eso he pensado. Pero suelo ser muy regular con mi periodo. Ni si quiera sufrí retrasos cuando todo ocurrió, o cuando mis padres murieron delante de mis ojos- expliqué en voz baja. me vi obligada a mordisquearme la uña del dedo pulgar y a mover el pie derecho de forma frenética.
-Eh, eh- Nate me tomó por los hombros, evitando que el nerviosismo se apoderase de mi cuerpo -Tranquilízate ¿Vale? Es algo imposible, no va a ocurrir. Todos somos estériles-
-Lo sé, pero... ¿Recuerdas aquellos panfletos que el gobierno empezó a enviar a todas las casas? ¿En los que se detallaban los síntomas que sufrían las mujeres embarazadas? Tengo... prácticamente todos. Me encuentro con sueño desde hace unas semanas, duermo más de la cuenta, los olores me parecen fuertes y... tengo nauseas. He vomitado hará unos minutos- Aquella retahíla de explicaciones hicieron que el hombre volviese a fruncir el ceño.
-Pero... es imposible. No puede ser eso- dijo en un hilo de voz -¿De cuanto es el retraso?-
-Unas... tres semanas- confesé. Le miré a los ojos con desesperación. La mente me pedía a gritos tranquilidad y respuestas. Nathan dio un paso atrás y suspiró, colocando sus manos en las caderas. Miró al suelo por un momento y luego me devolvió la mirada.
-Está bien, tranquilízate. Es imposible. No puede pasar. Esas cosas ya no pasan-
-Pero... ¿Y si...?- Aquella sola pregunta hizo que ambos nos sumiésemos en un sin fin de nuevas cuestiones y posibilidades. Se hizo el silencio nuevamente entre ambos, durante unos largos minutos en los que no apartamos la mirada el uno del otro. No nos veíamos capacitados para sonreír, para celebrarlo, ni si quiera para alegrarnos.
-Mañana iremos a buscar un test de embarazo. Tiene que haber en alguna farmacia. Le diré a Nolan que mañana nos...-
-¡No!- Agarré el brazo de Nathan con desesperación -No se lo digas a nadie. Por favor. No aún- rogué. No sabía qué podía ocurrir si las personas se enteraban de un embarazo cercano. No sabía qué tipo de reacción podían tener las personas. No... No las conocía.
-Tienes razón. No se lo contaremos a nadie. Mañana por la mañana me inventaré algo y nos iremos. Los dos solos ¿De acuerdo? Saldremos de dudas- sentenció con ánimo.
-Nathan... ¿Y si sale positivo? ¿Y si estoy embarazada?-pregunté con un intenso terror.
-Rose... No lo pienses. Incluso si lo estuvieses, hay muchísimas mujeres que se han quedado en cinta y después abortaron durante todos estos años. Eso lo sabes. Que estés embarazada... no tendría por qué significar nada. Estamos enfermos. Es... imposible-
-Pero... ¿Y si no lo es?- me obligué a preguntar. De nuevo, el silencio.
-Entonces... tendremos que hacer algo. Tendremos que... pensar-
Nathan

Nos petrechamos todo cuanto requerimos y comenzamos a preparar los grupos. Junto a Rose y yo, vendrían Nolan, August y Diane. El resto irían en sus propios grupos -¿Estamos todos listos?- preguntó el líder del asentamiento, Nolan, terminando de cargar un rifle viejo de caza que encontró meses atrás y que desde entonces mimaba como si fuese su amante
-Creo que sí- me ajusté bien la mochila en la espalda -¿Rose?-
-Preparada- sonrió
-Ojalá encontremos algo de café hoy, tío- comentó August, recogiéndose la melena en una coleta para que le molestase menos el pelo a la hora de moverse -He perdido la cuenta de los días que no me tomo una buena taza-
-Deja de pensar en lujos muchacho. Hay que encontrar lo primordial: comida, munición, algo que nos pueda servir de arma cuerpo a cuerpo y bienes que nos sirvan para la salud, higiene o medicamentos- enumeró -Así que venga, en marcha- ordenó

Salimos los grupos de 5 personas con tiempos diferenciados como estrategia en caso de que algún saqueador estuviese observando y esperase que la zona se quedase deshabitada para vaciarnos los bolsillos. El primer grupo fue el nuestro. Empezamos a avanzar dirección Este, donde eventualmente encontrariamos una pequeña carretera que nos conduciría, si la seguíamos sin desviarnos, hasta el pueblo de Oeka. Me gustaban los nombres de la zona, definitivamente. Todo se le debía a los nativos que durante generaciones habían poblado las tierras y que, cuando comenzaron a mezclarse con los extranjeros que llegaban nuevos al terreno boscoso, les prestaban los nombres que ellos mismos daban a la tierra.

Caminamos sin descanso durante un par de horas atravesando mares de árboles, raices y piedras hasta que dimos con la mencionada carretera. Seguimos su curso en mayor silencio, prestando atención a nuestros alrededores y a cualquier ruido sospechoso que pudiese llegar a nuestros oídos como advertencia. Diane estaba visiblemente nerviosa por ello -Estate tranquila- dijo paternal Nolan rompiendo la quietud
-Es fácil decirlo- se quejó la muchacha. Era joven, delgada. Tenía el cabello suelto hasta los hombros a excepción de una pequeña coletita en la parte trasera superior de la cabeza -Me parece oírlos a cada paso que damos, Nolan. No te voy a mentir: estoy cagada, hasta las cejas. Muerta de miedo- confesó con aires de enfado
-Todos lo estamos- añadió August -Pero tenemos que colaborar. Todos-
-Ya lo se ¿vale?- se aireó la chica -Sé que no puedo estar en el asentamiento agazapada y esperando a que vosotros hagáis el trabajo sucio pero... joder- desvió la mirada hacia Rose -¿Y tú? ¿No tienes miedo Rose?-
-Claro que lo tengo- se encogió de hombros mi chica -¿Cómo no tenerlo? Estamos al borde de la muerte cada vez que abandonamos el colegio-
-Aunque supongo que es más fácil con Mister Universo como novio, siempre al ladito-
-Eh- intercedí, con mirada severa -Entiendo tu miedo pero controla la lengua, Diane. Yo no soy ningún héroe ni salvador. Rose se vale bien por sí misma. No trates de descargar tu inseguridad sobre los hombros de los demás-
-Pues ahora estás actuando de héroe salvador. Estás defendiéndola en lugar de dejar que ella misma se saque las castañas del fuego-
-Basta- bufó Nolan -Por el amor de Dios ¿Es que no os oís? A cada palabra levantáis la voz un poco más ¿Queréis que todos los susurrantes vengan en fila india para daros un bocadito en la oreja? Porque os juro que os pego un tiro aquí y ahora y que se den un festín con vuestro hígado, porque con el mío, seguro que no- amenazó. Sacar a Nolan de sus casillas era complicado, desde luego, pero la labor se facilitaba estando al raso donde los monstruos podían venir en cualquier momento. Diane apretó los puños, gruñó para sí misma y siguió caminando en mitad del grupo. Parecía habérsele olvidado que llevaba un pequeño hacha colgado del cinturón. Era peligrosa y Rose se fijó en que mi mirada la estaba juzgando, estudiándola. Demasiado miedo. Comprensible, por supuesto, por otro lado. Pero sí, un miedo excesivo la acabaría llevando a la perdición... o a que nosotros cayésemos en su lugar.

Era ya medio día cuando finalmente alcanzamos el pueblo de Oeka. Como siempre, la carretera vacía y los bosques mayormente silenciosos. El panorama, en el pueblo, era diferente. Se podía divisar algún vehículo mal estacionado, con mal aspecto, cristales rotos y restros de sangre tan seca que casi parecía barro. Las viviendas y tiendas que conformaban el pueblo prácticamente formaban una línea recta paralela por ambos lados de la carretera, haciéndolas fácilmente accesibles -Bienvenidos a Oeka, señores- dijo irónico Nolan -Poblado de vacaciones-
-Al menos alguien conserva el humor- bromeó Rose
-Es hora de relajar el ambiente. Estáis todos muy tensos- dijo simplemente, mirando a Diane. Ésta percibió la mirada, pero no dijo nada. Se mantuvo seria y con mirada ausente -Venga, a buscar. Si sucediera algo, pedid ayuda. Si nos ven, poco importa el silencio- todos asentimos y nos separamos.

Rose y yo nos dirigimos como primera parada a la farmacia. Era muy pequeña y estaba completamente destartalada. A juzgar por el aspecto, la habían saqueado ya unas cuantas veces... pero quizá aún quedase algo. A fin de cuentas, Oeka era un pueblo en mitad de la nada y la gente tenía tendencia a reunirse en asentamientos donde fortificarse contra los susurrantes. La chica y yo nos pusimos de inmediato a la tarea de encontrar enseres: pastillas, medicinas, gasas, vendas, analgésicos, pomadas... cualquier cosa que pudiera servir. Encontramos poca cosa de valor. Rose dijo haber hallado unas pastillas analgésicas para mitigar el dolor y poco más. Yo, al menos, encontré diferentes artículos para la higiene -Mira, algo de jabón y desinfectante. Y esto- le lancé sonriente un paquete de compresas lleno de polvo, pero perfectamente cerrado -No hay que descuidar ni manchar la ropa- bromeé, tan centrado en mis labores, que no percibí su cara de seria duda examinando el paquete, reflexiva, calculando. Entonces oímos el grito.

-¡Diane!- gritaba Nolan en mitad de la carretera, donde todos nos apresuramos a llegar. Formamos un círculo con las armas en ristre, preparados para lo que pudiera venir -¡Diane! ¿¡Dónde estás!?- vociferaba. Se oía ruído y estruendo por todas partes, pero no llegábamos a adivinar de dónde procedía
-Tenemos que irnos Nolan- advertí cargando la escopeta
-No podemos dejarla aquí Nate- terció, nervioso
-Lo que no podemos es morir por ella-
-Maldita sea... ¡Diane!- clamó de nuevo
-Sh, callaos- pidió August cuchillo en mano -¿Lo oís?- en un primer instante, tras el silencio, pareció oirse el viento susurrar entre los árboles, entre las ventanas y puertas rotas, a través de los coches destrozados... pero no, no era el viento. Como si fuese un cántico espeluznante, a nuestros oidos llegaban susurros y siseos fantasmales. Estaban ahí, estaban cerca. Nos estaban acechando
-Están aquí- temió Rose, mirándome -Nos tienen-
-No aún- inquirió Nolan preparando el rifle -¡Diane, última oportunidad!- 
-¡Aquí!- se la oyó gritar -¡Estoy aquí! ¡Esperadme!-
-¡Tenemos que irnos!- le di un golpe a Nolan en el hombro
-¡No, aún podemos...!- esta vez, no fueron los susurros y siseos lo que nos hicieron callar. El ambiente se enrareció y se cargó de forma súbita. De una forma pesadillesca ya conocida. Lo que hacía unos instantes era el aire fresco de la montaña ahora apestaba a sangre, hedía, como estar zambullidos en una fosa común de cuerpos chorreantes del líquido vital. De forma instintiva nos tapamos la nariz. Ese olor acre, a hierro... hasta la boca sabía a sangre
-Nathan...- la voz de Rose comenzó a temblr
-Lo sé, cariño...- ninguno nos movíamos un ápice, quietos como estatuas
-Silencio...- susurró Nolan y todos obedecimos sin rechistar
-¡Ayudadme joder!- terció Diane en la distancia -¡Socorro, me tienen acorralada!- sus gritos fueron su perdición. Lo último que llegamos a escuchar segundos después de aquel grito fue el estallido de tablones de madera. Un grito desgarrador por parte de Diane y un crujido descarnado que no quisimos imaginar, pero que se nos agarró a la boca del estómago y nos produjo ganas de vomitar
-Joder, Diane...- se lamentó August casi sin pestañear
-Ahora están ocupados...- musitó Nolan -Moveos despacio, con calma. Que vuestros zapatos ni siquiera levanten piedras del suelo-
-Nathan...- Rose no sabía si obedecer a Nolan
-Hagamos caso, cielo...- con cuidado, la tomé de la mano. Por un momento pensé que ella temblaba, pero descubrí que era yo quien se sacudía como si estuviese recibiendo descargas eléctricas. Los escalofríos que me recorrían la espalda me tensaban los músculos del cuerpo y la mandíbula amenazaba con empezar a castañear. El pavor era enorme, incontrolable. Habíamos oído hablar de ellos, habíamos olido su aroma a sangre, alguna vez creí oír un aullido... pero jamás nos había estado acechando un espectro -Venga, vamos...- poco a poco, echamos a andar. Con sólo dar el primer paso, volvimos a oir los siseos de los susurrantes
-Calma... sólo están alerta...- advirtió Nolan
-Vamos a morir...- dijo August, desesperado
-Silencio- pidió Nolan todo lo bajo que podía sin desesperarse -Sólo obedece, camina y vigila tu alrededor-
-Esto es de locos... vamos a morir... Nos van a comer...-
-August- llamé, pues dejó de caminar -Venga, aprisa-
-No quiero que me coman... no quiero morir así...- le temblaban las manos
-¡August!- exclamé en susurros, y me equivoqué. Me oyeron pese a todo. Los siseos aumentaron y adiviné la forma de un susurrante asomar por una destrozada esquina de una vivienda. Su cuerpo muerto y gravemente herido, deforme, desobedecía las leyes de la existencia. Sus ojos exentos de alma se dirigieron hacia nuestra posición. Su boca descarnada, todo dientes al descubierto y cubiertos de sangre, se abrió con un gruñido amenazante y acabó siseando como una sierpe enloquecida -¡August, ahora!- llamé por última vez
-Al cuerno ¡Corred!- ordenó Nolan y empujó a Rose hacia mí -¡Corred!- ordenó, siguiéndonos. Obedecimos, dándole la espalda al idiota de August. Oímos un fuerte disparo a nuestra espalda y Nolan nos dio alcance tras unos metros recorridos. Sólo él. August no llegó a nuestra situación. No volvió con nosotros al asentamiento. Nolan no quiso hablar con nadie el resto del día, pues había tenido que usar a August de cebo. No había lugar para heroicismos, ni para la amistad o la compasión.

lunes, 30 de julio de 2018

Rose

La agitación a mi al rededor me hizo despertar aquella mañana. Abrí los ojos rápidamente. Casi había olvidado como hacía unos años me permitía el lujo de remolonear en la que era mi cama, taparme el rostro bajo al almohada y tirar de las mantas en pos de un mayor confort personal. Ahora, el estado de alerta debía ser el estado natural del ser humano. Y sentir movimientos a mi al rededor era razón suficiente para erguirse, dejar el sueño atrás y comprobar que ocurría. Por suerte, no sucedía nada.

El pabellón deportivo donde el grupo dormía era bastante grande y cálido, aunque tenía ya algunas goteras. La hilera de improvisadas camas, hechas con colchones abandonados y sábanas sucias, se extendía de lado a lado. La cama de mi lado, la de Nathan, estaba vacía. Y no solo la suya. La de la mayoría también, siendo únicamente ocupadas aquellas que pertenecían a enfermos, niños y ancianos. Por ello, me inquieté. No solo era una falta de respeto para la comunidad, sino una terrible vergüenza el haberse quedado dormida mientras que el resto de supervivientes ya trabajaba para los demás. ¡¿Como me había podido quedar dormida otra vez?! Aquella semana, ya me había ocurrido tres veces y no iba a consentir que ocurriese ni una sola vez más. 

Me puse en pie con rapidez, lo que hizo que se apoderase de mi cuerpo un leve mareo pasajero. Me reajusté la ropa en un intento de dar una mejor imagen, y por último, tome mi mochila y me la colgué del hombro. Pesaba poco, pues en su interior solo portaba un cuchillo, una cuerda y un pequeño trozo de venda. Intentando evitar las miradas indiscretas, caminé deprisa hacia el exterior del pabellón. Llegué a la salida bastante deprisa, pero justo antes de pisar el patio escolar y contemplar el edificio principal que componía nuestro refugio, una mano ancha y dura me tomó de un hombro y me detuvo. -¿Otra vez vagueando?- la voz grave y gutural de Nolan me traspasó los oídos de lado a lado, como una bala. Sentí un sudor frío recorrerme la espalda, a pesar de que en su tono de voz no hallaba irritabilidad alguna.
-Te prometo que no. Me he quedado dormida, eso es todo- me expliqué de forma acelerada y nerviosa, evitando mirarle a la cara. Nuestro líder era un tipo imponente y carismático, lo suficiente como para ser respetado por todos. Sin embargo, yo apenas le conocía aún. De ahí a que la confianza entre ambos fuese muy escasa.
-¿Y no es quedarse dormida un sinónimo de vaguear?- preguntó de nuevo, esta vez, retirando su agarre. Cuando apartó la mano, sentí que me quitaba muchos kilos de encima. -¿Te encuentras bien? ¿Duermes bien?- su tono de voz cambió completamente, volviéndose bajo y calmado.
-Absolutamente- respondí, ésta vez, mirándole a los ojos. En su mirada quedaba un deje de preocupación. Preocupación por su gente. Quizás eso era lo que hacía que los demás quisieran seguirle.
-Está bien. Procura que no vuelva a pasarte. Nathan está limpiando armas en el patio- informó
-¿Por qué me lo cuentas?-
-Pensé que te interesaría saberlo. A fin de cuentas, él y tú... habéis hecho buenas migas- sonrió alzando una ceja. Aquel sencillo gesto hizo que me sonrojase -Conste que me alegro. Relacionarnos, volver a ser quienes eramos, retomar nuestros hábitos y nuestras costumbres... es todo lo que necesitamos ahora- terminó por decir. De nuevo, alzó la mano, pero aquella vez sólo para darme dos pequeños y leves golpes en el hombro -Anda, movilízate-

Caminé a paso acelerado por el patio, intentando que nadie me señalase por no estar ya ocupada en alguna tarea a aquellas horas. Mientras caminaba, me permití contemplar una vez más la estructura de aquel lugar. Aquel enorme patio rodeaba por completo tanto el pabellón como la escuela. Aunque se encontraba sucio y lleno de malas hiervas, aún se podía contemplar en el suelo pintadas hechas con tizas de colores, lápices y rotuladores rotos y malgastados, además de algún que otro papel roto lleno de dibujos. Durante los meses que había estado habitando allí, siempre me imaginaba como fue el último momento en el que aquel lugar fue usado como lo que realmente era y no como un refugio. Imaginaba algún niño jugando en las canchas de baloncesto,  o leyendo libros sobre los bancos de piedra o tratando de hacer pellas y escapar por las murallas que ahora se hallaban reforzadas con múltiples alambres y estacas. De alguna forma, debía ser una suerte que la escuela se encontrase clausurada en el momento en el que el aviso del gobierno se emitió por todos los canales de radio y televisión. No podía imaginar el horror que sería para un niño encontrarse sumido en una catástrofe dentro de una escuela, sin sus padres, sin su familia. Sobretodo, siendo alguien tan importante...

A pocos metros de distancia, divisé a Nathan ocupado con una escopeta sentando sobre un banco. Su rostro de concentración hacia que las cejas se le uniesen y algunas arrugas se acentuasen en su entrecejo, haciéndolo mucho más atractivo a mi vista. Sus manos duras trabajaban con mimo sobre aquella herramienta tan deseada por todos los supervivientes, como si se tratase de una amante. Su posición ligeramente curvada dejaba ver la anchura de sus hombros, lo que hizo que mi imaginación se perdiese por completo durante unos instantes. Nathan... ¿Qué haría yo sin él? Mi presencia le alertó cuando estuve cerca. Alzó la vista y sonrió, haciendo que no echase de menos al sol que se hallaba oculto entre nubes. -Buenos días bella durmiente-
-Oh, cállate. Nolan ya me ha reprendido por eso- confesé con vergüenza, sentándome junto a él.
-No me extraña. Con ésta ya he limpiado seis armas. Ese de allí, Nick- señaló con el dedo a un hombre de pelo negro y rizado -Ha cultivado ya todas las semillas de naranjas que nos comimos todos ayer. Y aquella mujer de allí, que no recuerdo como se llama- señaló a una mujer de pelo canoso, que cargaba una cesta de mimbre -Ha repartido el desayuno a todos. A los veinte. Es decir, a los diecinueve. Tú seguías dormida mientras los demás trabajaban- sonrió. Yo me permití darle un leve golpe en el pecho, en señal de protesta, lo que provocó que soltase una carcajada.
-No lo hago queriendo. Además, tu podrías haberme despertado cuando lo hiciste-
-¿Y hacer desaparecer ese rostro de angelito al que se le cae la baba de entre los labios? Ni hablar- respondió. Yo bufé y miré al frente, negándome a seguir con aquella conversación. Aprovechando el silencio, Nathan llevó las manos hacia su derecha y tomó una pequeña caja de zapatos. No había reparado en ella antes, pensando que se trataba de una caja con material para guardar cosas para limpiar las armas. Sin embargo, me la tendió y cuando la abrí, encontré un pedazo de carne asada. Presumiblemente de conejo. -No sabía donde guardar el pedazo. Pero mejor aquí que dejarte sin desayuno- explicó. Sonreí complacida ante aquel detalle, de manera que tomé el trozo de carne y me lo llevé a los labios para darle un mordisco. Sin embargo, el intenso olor del alimento hizo que me detuviese y compusiese un rostro asqueado. -¿Qué ocurre?-
-¿No huele... un poco fuerte?- pregunté, acercando el pedazo de carne a su nariz. Nathan la olió pero no pareció molestarse.
-No. Puede ser que esté algo cruda, pero no me huele en absoluto mal-
-¿En serio?- pregunté desconcertada. Me llevé de nuevo el pedazo de carne a la boca, pero no pude ni tan siquiera rozarlo con los dientes -No... No puedo comerlo-
-¿Qué?-
-En serio, no puedo. Se me revuelve el estómago sólo con olerlo. Cómetelo tu si quieres- se lo ofrecí
-¿Y no vas a comer nada?-
-La verdad es que no tengo demasiada hambre. No te preocupes- añadí, poniéndome de nuevo en pie -Oye, voy a ver que puedo hacer hoy. Quizás me necesiten para reparar algo o cocinar. No quiero seguir sin hacer nada-
-De acuerdo, pero ¿Vendrás conmigo luego? Hoy hay que salir para buscar materiales. Hay cosas que empiezan ya a escasear y otras que estaría bien encontrar. Vamos a ir en grupos de cinco ¿Cuento contigo?-
-Claro- sonreí. Antes de marcharme, me incliné y le ofrecí un corto beso en los labios, el cual duró incluso menos de lo esperado. Sin decir nada más, me encaminé hacia la escuela en dirección al comedor. ¿Qué haría yo sin Nathan?
Prólogo

Nathan

Aún podía recordar el momento exácto, el cómo sucedió y cuándo sucedió. Habían pasado ya dos años desde lo que vulgarmente llamábamos Catástrofe, por ser optimistas y no llamarlo el "el fin del mundo" tal y como lo conocíamos. Fue de noche, con un gran eclipse lunar. El más grande registrado en la historia, decían, por la trayectoria de la luna y no se qué más datos astronómicos que desconocía. Era roja, eso sí podía asegurarlo. Roja como la sangre más pura que fluía por las venas de cada ser humano vivo sobre la faz de la tierra. Roja como la sangre que comenzó a derramarse en esa mismísima noche hasta los días venideros que nos llevaban al presente de forma inexorable.

En ese momento oía el río fluir bajo un cielo oscuro, lleno de nubes que amenazaban agua. Observaba con cuidado el paso de un pequeño cervatillo que distraidamente se acercaba a beber agua con cierta despreocupación, algo poco común en los animales, pero a fin de cuentas era pequeño. Apunté con cuidado y tratando de no hacer demasiado ruido entre los matorrales con aquella escopeta de caza de doble cañón que Nolan, el líder del asentamiento en el que ahora vivíamos, me prestó. Contuve la respiración, apunté bien. Ajusté el dedo suavemente sobre el gatillo... -¿Seguro que no vamos a atraer atención de amigos insedeables?- habló Rose a mi espalda, sobresaltándome y haciéndome bajar el arma de inmediato para no malgastar el disparo. La miré con seriedad, desaprovándola
-¿Es que no ves que estoy a punto de conseguirnos comida?- gruñí, pero sin poder enfadarme realmente con ella. Hablábamos en baja voz y el río tampoco permitía que se nos oyera con total claridad
-No soy yo la más entendida a la hora de utilizar armas de fuego, cielo, pero estamos en mitad del bosque con esas cosas corriendo libres por ahí... Dudo mucho que sea sabio atraerlos, eso es todo- mi chica, Rose, siempre tan preocupada. Era obvio ¿Quién no lo estaba en ese entonces? Se abrazó a sí misma y se acarició los brazos sobre la chaqueta. Hacía frío y la brisa soplaba inclemente. Arrastraba olor a lluvia y eso no eran buenas noticias
-Lo sé, pero...- giré la cabeza para mirar una vez más al cervatillo -No abundan estas oportunidades. Además parece estar sano...- Rose miró por encima de mi hombro
-¿Es que acaso ahora los muertos dejan escapar a sus presas? Tenía entendido que una vez atrapan comida no la sueltan hasta...- suspiró
-Sí, lo sé, por eso debemos aprovechar- volví a posicionarme y apunté de nuevo con la escopeta de caza
-Nathan... piénsalo bien, por favor-
-¿Es que no tienes hambre?- volví a mirarla
-Claro que sí. Todos tenemos hambre, pero me da miedo...- confesó
-Mira el cielo Rose. Va a llover en no mucho tiempo. Tenemos que volver al asentamiento lo más rápido posible y si podemos llevar comida, mejor. Sobretodo por si no lo conseguimos-
-No digas tonterías- me dio una bofetada en el hombro con poca fuerza
-No me refiero a morir, tonta- le sonreí con calidez -Pero si tenemos que buscar refugio, estará bien que podamos llevarnos algo a la boca- finalmente la chica asintió y se tapó los oídos con las manos. Volví a apuntar y esta vez, nada me detuvo.

Era, como dije, un cervatillo. No era muy agrande precisamente pero como beneficio también pesaba poco. Lo llevaba colgado del cuello sosteniendo sendos pares de patas con las manos mientras Rose caminaba a mi lado, sorteando árboles y raíces, con la escopeta cargada en las manos -Me da cierta lástima. Odio tener que matar animales- comentó ofuscada
-¿Prefieres comer personas?- bromeé
-No seas idiota, Nathan. Detesto tu humor negro-
-Hoy día, cariño, cualquier humor es negro- me encogí de hombros
-¿Qué vamos a hacer ahora?- suspiró, mirando a todas partes -No tiene pinta de que podamos lograrlo a tiempo-
-Tienes razón- concedí, mirando al cielo. A través de las altas copas llenas de hojas primaverales, me cayó una gota de agua en la nariz -Está empezando-
-¿Habrá alguna cueva por aquí?- la chica apretó el paso
-No hay montañas cerca, pero quizá...- en el lugar que habitábamos, conocidos como Bosques de Wutra en Mutna, había muchas, muchísimas casas repartidas por los bosques. Era un estado vastamente recorrido por bosques y montañas, muy al norte, donde las cumbres casi siempre estaban coronadas por la nieve. No quedaba más remedio pra el intrépido que se atrevía a vivir en esos lares que acostumbrarse a ser un hombre o mujer de bosques y aprovecharse de la naturaleza. Obviamente había ciudades, muchas, pero en ese entonces nos pillaban muy lejos-

De esa forma, anduvimos durante largo rato. Ya había empezado a llover y cada vez aumentábamos más y más el paso. Llevar el cervatillo muerto encima era un reclamo atroz. Aunque para el sentido del olfato humano no fuera muy perceptible, para los susurrantes eran balizas de salvamento. Los muertos andaban entre nosotros, caminaban y pululaban por todas partes, siempre buscando presas vivas o incluso muertas para devorarlas como bestias salvajes totalmente carentes del menor raciocinio ¿Pero qué podía decir? Eran muertos, a fin de cuentas. Muertos literales. Algunos estaban en tan mal estado que revolvía el estómago... pero el problema no era realmente ellos. No eran esos que caminaban siseando entre dientes en pos de alimento, sino lo que alimentaban en su interior y afloraban tiempo después. Esas... cosas... eran el verdadero problema -¡Allí!- terció Rose de pronto, señalando una casucha destartalada en mitad de la nada -¡Vamos, corre!- inquirió con ímpetu, alegre, de poder estar refugiada en algún lugar.

Llegamos a la casa a toda prisa y cerramos la puerta a toda velocidad. Apenas comprobamos que no había nadie dentro cuando ya arrastramos el viejo y estropeado frigorífico hacia la puerta para bloquear cualquier tipo de acceso del exterior al interior. Por fortuna, la cocina, por donde entramos, estaba despejada -Lo hicimos- se echó a reir
-Pues sí... lo hicimos- concedí risueño -Pero estamos empapados-
-¿Encendemos un fuego?-
-Sí... pero no en la chimenea. No debemos llamar la atención-
-¿Y qué propones?- se cruzó de brazos mirando al rededor
-Déjame ver...- procedí entonces a inspeccionar el salón con sumo cuidado, aguzando el oído. Realmente no parecía haber nada en esa casa, ni nadie. De modo que arrastré el sofá destartalado que había en mitad del salón para dejar despejada la zona central -¿Sabías despellejar animales?- la cara de Rose me lo dijo todo ante aquella pregunta -Vale... Entonces, antes de bloquear esa entrada- señalé la puerta del salón -Sal a coger unas piedras para hacer una fogata- ordené. La chica obedeció mientras yo me dedicaba a coger cualquier objeto de madera pequeño, como marcos de fotos, patas de sillas y demás. Mientras terminaba de volver, procedí a abrir al cervatillo con el puñal militar que llevaba en la mochila. Destripé a la pobre criatura y la despellejé como pude y eliminé los restos envolviéndolos en una vieja y raída cortina para que no desprendiesen olor demasiado pronto. Los arrojé a la cocina una vez hube terminado.

Con Rose de vuelta cargada de piedras, las dispusimos en círculo para controlar el perímetro del fuego y prendí fuego a la madera recogida. El cervatillo despellejado y destripado fue cortado a trozos que dejamos reposar sobre las mismas piedras, dejando que el fuego los hiciera como buenamente podía. Observé, una vez relajado tras acabar el trabajo, que la chica temblaba -Quítate la ropa- ordené tratando de que sonara como una sugerencia
-¿No hay forma más romántica de pedirlo?- arqueó las cejas sorprendidas. Me hizo sonreir, como siempre.
-No seas tonta. Ven, aquí junto al fuego. Mientras se hace la carne entraremos en calor y con la ropa empapada nos vamos a coger una buena pulmonía- expliqué mientras yo mismo me deshacía de la ropa, quitándome zapatos y chaqueta y posteriormente la camiseta y pantalones. Al ser primavera, la temperatura tampoco era gélida, lo cual ayudaba. Rose, por su parte, hizo lo propio hasta que por fin se acercó y se sentó a mi lado -Ven- la abracé. Estaba cálida, pero la superficie de su piel estaba fría. Con ella en brazos me dejé caer cuan largo era hasta quedar ambos tendidos junto al fuego, ella por delante, entre las llamas y yo
-Pues no se está tan mal- bromeó
-Claro que no- concluí besando uno de sus hombros.

La lluvia ya caía con descontrol en el exterior y se oía repicar en las viejas ventanas y en el tejado. El pequeño fuego crepitaba mientras la carne se iba tostando lentamente. El tiempo pasaba despacio y en silencio, hasta que por fin ella habló -Casi había olvidado lo que es el silencio- musitó -No oír órdenes ni lamentos de compañeros, no andar pendiente de siseos, pisadas extrañas en la espesura ni oler a sangre-
-Tienes toda la razón...- con suavidad acariciaba su cadera desnuda. Me gustaba el tacto de su piel. Me hacía olvidar -Quizá podríamos quedarnos aquí a vivir- ella se giró hasta mirarme
-¿Ah, sí? ¿Y tenerme aquí encerrada hasta morir de exceso de humedad?- bromeó mirándome a los ojos -No creo que sea lo ideal-
-Yo te doy calor- sonreí pícaro -Además, así me aseguro de que si alguien te muerde, seré yo. Y no contagio nada-
-No seas idiota...- dijo en un hilo de voz. Me besó con extrema suavidad -Pero es cierto... no puedo evitar pensar en si nada de esto hubiese sucedido...-
-Llámame egoista, pero si no hubiese sucedido quizá no te habría conocido- dije con seriedad -Y lo prefiero-
-¿La disolución de la sociedad establecida a cambio de una chica que se cuestiona hasta el reflejo en el espejo?- arqueó una ceja
-El fin del mundo mismo por esa chica que todo lo cuestiona. Y sí, seguramente te estés cuestionando lo que te estoy diciendo- sonrió de forma inmediata, revelando sus pensamientos -Pero estoy dispuesto a demostrarlo cada día-
-Definitivamente eres tonto- concluyó
-Tal vez- nos miramos finalmente a los ojos durante un largo instante, acompañados por la lluvia y el crepitar del fuego. Entonces llegó el beso. El largo beso.

Que estuvieramos semi desnudos ayudaba, pero principalmente fue el beso. La soledad, el contacto, el amor y la necesidad. Primero fue un largo beso, luego le siguieron más. Y a cada beso que llegaba, era más apasionado. Primero chasquearon los labios, luego jugaron las lenguas. Mis manos se movían solas, sin consultar a mi conciencia. Cualquier parte de su cuerpo que acariciaba y agarraba me pertenecía en ese momento, como yo a ella. En un alarde de picardía giró sobre mí y se posicionó sobre mi cuerpo, pero aquello sólo me ayudó a desabrochar despacio y con gentileza el sujetador para acabar revelando al calor del fuego la belleza de sus pechos. Dejó de besarme para mirarme un instante y yo le devolví la mirada. Hablábamos sin decirnos nada. Decíamos lo que queríamos hacer sin pronunciar una sola palabra. Me tomó las manos y las condujo ella misma hasta sus senos. Me hizo apretarlos, acaricialos, sentirlos como parte de mi propia carne y para mí, fue más que suficiente.

Rodé sobre ella, ganando esta vez la posición superior. Volví a besarla con efusividad hasta que nuestros labios se humedecieron de pasión y saliva. Me permití el regalo de desnudarla por completo y llevar con cuidado la mano hasta su mayor intimidad, robándole un gemido mientras sus ojos me miraban brillantes. Primero acaricié con cuidado, tentando. Después, con cuidado, introduje un dedo al compás de su gemido. Ella me tomó del rostro y me besó aún con más pasión a la que yo respondía con besos y movimientos manuales allá donde se encumbra su placer. Continué con el juego de íntimo erotismo hasta que el calor ya casi nos quemaba y amenazaba con hasta arrancarnos sudores y suspiros -Venga, vamos...- susurró ella con una sonrisa llena de benigna malicia. Yo simplemente volví a sonreir y a besarla mientras, desnudo, me disponía entre sus piernas.

Llegué a pensar que en mi delirio de deseo por Rose no llegaría a sentir el inicio del encuentro sexual, pero cuánto me equivocaba. En cuanto me abrí paso con delicadeza en su interior ambos gemimos al mismo tiempo. Sus manos se engancharon a mi espalda como garfios candentes y mis manos se repartieron; una en su muslo derecho y otra en su pecho. No hubo más que decir, no había la menor necesidad. Seguimos besándonos con el lance de labios brillantes y lenguas traviesas, de pensamientos en blanco e instinto desnudo a la vez que el va y ven de caderas rítmico y penetrante arrancaba jadeos y gemidos de locura y placer por parte de ambos. Cada vez más rápido, más profundo, más fuerte. Nos olvidamos de la lluvia, del fuego, de la carne y de todos los peligros exteriores. Nos hicimos uno en un simple vórtice en el juego que solo los dos compartiamos y comprendíamos y continuó hasta que nuestra carne restallaba a cada embite, hasta cuando los jadeos y suspiros nos impedían besarnos y sólo mirarnos a los ojos, a contemplarnos los cuerpos en movimiento. Mis ojos recorrían desde sus caderas hasta el movimiento hipnótico de sus pechos a cada golpe que propinaba con las caderas y ella se afanaba a mi espalda, hombros o brazos. Y jadeaba, y gemía, y mis sentidos se adormecían con ver el rubor y el placer en su rostro, el brillo en sus ojos como estrellas titilando en la noche. Entonces sentí la presión tanto en mi torso como en mi masculinidad. La sentí cerrarse sobre mí como como una llave que encadena el corazón mientras sus gemidos se alzaban en el clímax que me regalaba, que yo le arrebataba, mientras yo mismo no podía detenerme y culminaba en ella sin detener mis movimientos y embites, apegándome a su cuerpo, embobado por el sonido de su cuerpo mientras me deshacía y derramaba en cada fragmento que la componía. Se hizo pues el silencio tras el mutuo orgasmo y nos miramos una vez más jadeantes, sin dejar de tocarnos, sin soltarnos. Sólo lluvia, fuego y ahora nuestro aliento, que ella aderezó con la sonrisa más cálida y bonita que jamás me habían dedicado.

...

Pero ese momento iba a cambiarlo todo, para siempre.