miércoles, 1 de agosto de 2018

Rose

Alzaba las piernas para no tropezar con raíces o escombros, de los cuales el borde de la carretera se hallaba cubierto. Mantuve el silencio en todo momento desde que decididos poner rumbo de vuelta a la escuela. Sentía que la cabeza me pesaba, abotargada de pensamientos extraños y negativos. La mirada de Nathan se clavaba en mi nuca de forma repetitiva, casi a cada momento. Sin embargo, a pesar de que notaba su insistencia, no era capaz de decir nada. Me sentía totalmente incrédula a lo que estaba ocurriendo. Era incapaz de imaginar que una vida se había creado en mi interior. No sentía nada... ningún tipo de sentimiento al respecto, y eso me preocupó.
-Rose ¿Estas bien?- quiso saber Nate
-¿Podemos parar? Necesito un momento- 

Me senté sobre el asfalto, cansada. Nathan se quedó en pie, sujetando el arma con precaución. Miraba todas partes con esmero. El sol se había situado en lo más alto de nuestras cabezas. Aún quedaban bastantes horas para que la oscuridad apareciese, y con ella, las criaturas más infernales iniciasen su particular cacería. Podíamos estar tranquilos, de cierta forma. Pero aquel no fue el caso. -¿Has descansado ya?-
-No se trataba de descansar- aseguré en un hilo de voz. Después suspiré de forma pesada.
-Tranquilízate. Es normal... No teníamos previsto que esto ocurriese-
-Es que no debería haber ocurrido- expliqué de forma contundente, alzando la vista para dedicarle una mirada seria -Se suponía que esto ya no ocurría-
-Sí que ocurría. En porcentajes muy bajos, pero, aun quedaban hombres y mujeres capaces de concebir. Y estoy seguro que incluso después del accidente, aún siguen quedando. No podemos ser los únicos que lo han conseguido, debe haber más gente...- reflexionó en voz baja. Parecía seguro de lo que decía, pero ninguna de sus palabras consiguieron motivarme lo suficiente.
-Quizá esa gente ya esté muerta- 
-O puede que no- replicó Nate. Sus cabellos rubios se agitaron al paso de una pequeña ráfaga de viento. Incluso serio era atractivo. -Me niego a creer que eres la única. Es imposible. Debe haber más bebés... en alguna parte- 
-Sea como sea... no quiero que te emociones- me puse en pie con un leve esfuerzo, sacudiéndome la suciedad de los pantalones tejanos -La mayoría de los embarazos de estas últimas décadas no llegaron a terminar. Es muy posible que... en un día o dos ya no...- por puro instinto, me llevé una mano al vientre -Quizá en un mes. No más-
Nathan bajó la escopeta un momento. Dejó de atender a los sonidos y los olores que nos rodeaban para pasar a centrar toda su atención en mi. Con cara de pocos amigos, dirigió una rápida mirada a mi vientre. -¿Y a caso no merece la pena intentarlo? ¿Prefieres que lo dejemos estar y... ya está?- la voz del joven sonaba decepcionada.
-No he dicho eso- suspiré -Es sólo que... No quiero que cometamos una locura para nada. El mundo se muere, hace años que lo sabemos. Llegaría un día en el que no nacería ni un solo niño más. ¿En que repercute que...?- Quise llamar a aquella idea ''nuestro hijo'' o ''nuestro bebé'', pero no pude. -¿Qué pasaría si no naciera? Absolutamente nada. El mundo seguiría igual. Además... Creo que es cruel dejar nacer a un niño en un mundo destruido-
El rostro de Nathan se descompuso. Visualicé como su tonalidad de piel perdía por momentos su dorado natural para mostrarse blancucha y pálida. -¿Quieres abortar?- Aquella pregunta me taladró los oídos. La palabra aborto era algo demasiado... complicado. Prácticamente, hacía décadas que nadie usaba esa palabra, sobretodo al ser considerada como un sinónimo de maldad, crueldad y violencia absoluta. Me sentí terriblemente mal, sucia e incluso psicópata sólo de replantearme una respuesta.
-No...- musité. Casi se me quebró la voz y las manos me temblaron. Nathan, por su parte, chasqueó la lengua y se acercó a mi mientras se cargaba el arma al hombro. Con los brazos extendidos, me rodeó por completo. Me sentí tan pequeña y delgada en comparación a él que pensé que su torso me engulliría en cualquier momento. Al menos en sus brazos, siempre me sentía segura.
-¿Tienes miedo?- preguntó en voz baja
-Yo... creo que demasiado- sollocé
-Escúchame- advirtió, dando un paso atrás para poder mirarle a los ojos -Vale, de acuerdo. Es posible. Es muy posible que en unos días nuestro hijo muera. Pero... la humanidad no se merece que no lo intentemos. Reconozco que no es el mejor momento, ni por asomo, para traer a un niño al mundo. Es peligroso, es una locura, pero... ¿No te parece lo suficientemente importante? Dos personas fértiles, de dos ciudades lejanas, se encuentran en un asentamientos y se enamoran. Sin saberlo... éramos las piezas que encajaban en este juego roto- Aquella explicación me hizo sonreír -Ahora tenemos una oportunidad de ser felices. Nos merecemos serlo...- suspiró -Quiero intentarlo, Rose. Quiero poner todo cuanto esté en mi mano para que nazca. Quiero que lo hagamos juntos. Y quiero proteger a ese bebé cueste lo que cueste- lentamente, deslizó sus manos hasta dejarlas ancladas a mi vientre, que por supuesto, aún se hallaba plano -Ahora mismo... tú y él os habéis convertido en lo más importante para mi. Ya no temo por lo que nos acecha, por los peligros... Os tengo a vosotros. Y ahora todo tiene sentido- sonrió.
-¿Y si no... nace?-
-Entonces tú seguirás siendo mi único sentido- incapaz de pronunciar más palabras, le abracé. Estaba aterrada. La simple idea de visualizar los próximos meses me hacía temblar de horror. No sabía ser madre, no sabía cuidar a un niño, menos aún cuando prácticamente no había visto a uno en mi vida. Pero a su vez, empecé a temer no serlo. Temí despertarme aquella noche envuelta en sangre, o la noche siguiente, o la siguiente semana... Porque sentí que aquello destrozaría a Nathan. Sin quererlo, nos habíamos visto envueltos en un problema más del que tampoco sabíamos como salir.


De madrugada, mientras todos dormían, Nathan y yo mantuvimos los ojos bien abiertos. Mantuve la espera haciendo cálculos. De todos aquellos panfletos informativos que el gobierno enviaba a los hogares, algo aprendí. Al menos, lo suficiente como para calcular las semanas de embarazo y la posible fecha de parto. Si no me fallaban las pesquisas, deduje que me encontraba en la sexta o séptima semana de embarazo teniendo en cuenta la última menstruación, y que el parto, de conseguirlo, ocurriría en alguna semana de diciembre. Sin un calendario a mano, fui incapaz de decantarme por una. Al calcular cuantos meses me quedaban... sentía cosquillas en el estómago.

Nathan se puso en pie con tremenda cautela, para después instarme a hacer lo mismo. Ambos tomamos nuestras respectivas mochilas, y mientras yo me disponía a salir del pabellón, Nathan comenzó a rebuscar en las mochilas de los demás. Me puse tensa, increíblemente inquieta. Si alguien no estaba dormido o alguien despertaba, podrían pillarle y nuestro plan se estropearía. Intenté hacerle señas para que se detuviese, pero fueron en vano. Sólo cuando estuvo satisfecho con los enseres que pudo robar, se decidió a salir.
-Estás loco. Podrían habernos descubierto- le reprendí en voz muy baja
-Ni hablar. Tenía que hacerlo. Tienes que subsistir y necesitamos cosas para que lo hagas. Le he quitado unas galletas a Mary y una navaja a Clay. Con eso empezaremos- se defendió con frialdad.
-Ellos... no se merecen que les robemos- musité.
-Quizá no, pero tú si mereces que les robemos- aquella afirmación me dejó sin palabras. Me obligué a recordar las últimas cosas que recordaba antes del accidente. A las mujeres que conseguían quedarse embarazadas, según contaban algunos medios, se las trataban como auténticas reinas. Su fin justificaba el medio de los demás. Tenían prioridad médica sobretodo, pero también contaban con ventajas económicas dadas por el gobierno, ayudas para tener una buena casa, unos buenos servicios y un buen futuro... Un escalofrío me recorrió la espalda al sentirme una de esas reinas.

Cuando llegamos a la puerta principal, compuestas por unas verjas metálicas reforzadas con estacas y alambres, Nathan colocó su brazo a la altura de mi pecho para que me detuviese. Él se adelantó y deslizó la escopeta desde su hombro hasta sus manos, ayudado por una correa. Se colocó de forma silenciosa a las espaldas de uno de los supervivientes que se había quedado aquella noche haciendo la guardia. La tarea era sencilla, pues sólo debía supervisar por encima de la verjas la situación y alertar en caso de que oyese o viese algún peligro. Quizás la actividad sencilla le llevaba a ser ocioso, o quizás fuesen las altas horas de la noche y el sueño que procuraban, pero el hombre, no fue capaz de prever ni reaccionar ante el contundente golpe que Nathan le dio en la cabeza con la pesada culata del arma. El superviviente cayó al suelo sin conciencia, y yo, no daba crédito a lo que había visto.
-¡¿Pero qué haces?!-
-Vayámonos- fue lo único que dijo Nathan mientras abría las puertas. -Vamos, vamos- obedecí sin replicar. Sólo cuando estuvimos al otro lado, a las afueras de la escuela, Nathan procuró volver a cerrar bien las puertas.
-Has hecho daño a ese hombre-
-Él nos lo hubiese hecho a nosotros si nos hubiese visto- explicó, echando a andar en mitad de la noche. La ciudad en la que nos encontrábamos era bastante pequeña, de manera que con unos pasos más durante unos minutos, nos adentraríamos de nuevo en los bosques.
-¿Donde vamos a ir?-
-A un lugar seguro- las escasas explicaciones de Nathan consiguieron ponerme nerviosa
-Pero es peligroso, es de noche. Ya sabes lo que pasa en mitad de la noche- le avisé, pero no me hizo caso -Nathan... Esto no me gusta nada-

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