jueves, 2 de agosto de 2018

Rose

Me mantuve en todo momento en una posición alejada mientras caminábamos a espaldas de aquel anciano. Nathan no dejó de sujetar la escopeta en ningún momento, manteniéndose alerta en todo instante. Yo, por mi parte, había decidido guardar el cuchillo en la mochila. Aquel hombre, Kurt, era mayor. Sus manos lucían arrugadas y su frente estaba salpicada por un sin fin de manchas. Tenía un ligero tembleque al andar en las piernas, a la par que lo hacía ligeramente encorvado. No, no podía ser un peligro para nosotros.

Caminamos hacia la derecha, alejándonos del sendero que hasta hacía un momentos seguíamos. La vivienda de Kurt, según nos había dicho, se encontraba bastante cerca. Miré a mi al rededor, contemplando la altura de la copa de los árboles, tan espesas que brindaban cierta oscuridad al lugar. -¿Siempre ha vivido aquí?- pregunté con curiosidad. Kurt frenó el paso y se dio la vuelta.
-Toda mi vida-
-¿Tan alejados del pueblo o la ciudad?- insistí, algo extrañada. 
-Así es- el hombre retomó el paso. -Delilah no siempre ha tenido problemas para andar, claro. Cuando quisimos darnos cuenta, ya no eramos unos jóvenes-
-Debe ser duro- murmuré, siendo capaz de imaginar la situación que se planteaba ante aquel matrimonio. Ancianos, viviendo en medio del bosque y en mitad de un mundo totalmente destruido. -¿Alguna vez consiguieron tener hijos?- 
-Nunca. El Señor no quiso brindarnos ese regalo. Supongo que ahora me alegro. No soportaría la idea de que mi hijo muriese a mano de una de esas bestias. Los padres tienen que morir antes que los hijos- comentó con contundencia. Nathan me lanzó una mirada significativa por encima del hombro. A pesar que a penas hacía un año que nos conocimos, me conocía lo suficientemente bien como para saber que aquellas palabras habían calado ligeramente en mis preocupaciones.
-Es ahí- 

Siguiendo el recorrido del dedo de Kurt, encontramos una pequeña casucha. Estaba construida en madera de tonalidades oscuras, algo carcomidas por el paso del tiempo. Los anchos tablones de maderas estaban hincados y llenos de moho, lo que anunciaba que el hogar no podía oler demasiado bien. Por otra parte, las pequeñas ventanas de cristal que se podían observar desde el exterior, estaban sucias, y algunas, incluso rotas. -Perdonad el desorden- dijo Kurt mientras se acercaba a la puerta del hogar -Como comprenderéis, no es época de andarse con limpiezas y arreglos- terminó por decir. Me sorprendió ver que no abrió la puerta con ningún tipo de llave, sino que tiró del pomo corroído y la puerta, sencillamente, cedió -Delilah, cariño. Soy yo. Traigo ayuda-
Nathan entró primero al hogar. Después le seguí yo.

Apenas había muebles que decorasen la casa, más que un montón de suciedad por todas partes que me hizo plantearme si aquella mujer sufriría más de un tipo de enfermedad. No parecía haber ningún tipo de recurso importante, ya fuese comidas o medicinas, en ninguna parte. Suspiré pesadamente y dejé que los hombros se relajasen. Por supuesto, en ningún momento pensé robarles nada. Pero contemplar que una pareja de ancianos vivía de forma tan precaria, me destrozaba.
Al mirar a la estancia que quedaba a mi derecha, pude observar un pequeño salón en el que descansaba una mujer mayor, sentada sobre una silla de ruedas y con la mirada completamente perdida. -Hola- dije en un hilo de voz, algo nerviosa. La mujer no se movió un ápice.
-Oh, discúlpala. Te oye, pero no es capaz de responder- Kurt frotó sus manos con nerviosismo mientras Nathan y yo estudiábamos a la mujer con detenimiento. Estaba muy delgada y desnutrida. En sus ojos apenas quedaba un brillo de vida y su respiración era muy lenta. -Ella... realmente está muy enferma-
-Lo siento mucho- me vi obligada a decir -Tenía una abuela que... estaba igual. Yo le leía cuentos cuando era pequeña, antes de que muriese. Tampoco me contestaba, pero alguna vez juraba que había sonreído. Solo un poquito- comenté con ternura.
-Una mujer afortunada por tener una nieta como tú. Eres muy joven ¿No? Debes ser... de las personas más jóvenes que he visto en mi vida- confesó Kurt.
-Sí, es joven. ¿Qué tenemos que hacer?- preguntó Nathan de forma tajante. Estaba visiblemente incómodo.

Salimos del hogar unos minutos después. Kurt nos explicó exactamente al lugar que deseaba ir con su esposa y cual era el mejor camino del bosque para llegar hasta él. Nathan tomó a la mujer por debajo de las rodillas y de la espalda, cargándola como pudo. Cuando pasó a sus brazos, pude fijarme mejor en ella y darme cuenta de lo mayor que era. Mucho más de lo que Kurt aparentaba. Por un momento, me costó creer que fuesen un matrimonio convencional, pero ¿Quien era yo para cuestionar el amor?

Caminamos detrás de Kurt manteniendo un silencio entre cortado. De vez en cuando, el hombre hablaba. Comentaba cosas banales, sin importancia, pero con voz alegre. Supuse que, siendo su única compañía una mujer silenciosa, poder conversar con nosotros le había subido el ánimo. Nathan no se quejó en ningún momento del peso de la mujer. Ella estaba tan delgada y Nate estaba tan preparado físicamente, que el cansancio fue menor de lo esperado. Y yo, por mi parte, me limité a tirar de la silla de ruedas.

Cuando el sol ya estaba muy arriba, empezamos a sentir el terreno bajo nuestros pies aplanarse. Habíamos estado descendiendo durante unas horas, hasta que el suelo que comenzamos a pisar fue más estable y propio de una zona menos montañosa y boscosa. -¿Podemos parar un momento?- pregunté en voz baja. Había estado sintiendo unas nauseas crecientes nacer en mi interior desde hacía unos minutos, de manera que sabía que era capaz de vomitar en cualquier momento.
-No- respondió Kurt de forma seria. Aquella reacción me dejó un tanto helada.
-Sólo es un momento, por favor-
-No, quiero llegar ya a la ciudad-
-Por favor...-
-¡Eh! Quiere descansar- se interpuso Nathan. Sin miramientos, dejó a la mujer sobre la silla de ruedas y se acercó a mi -¿Estás bien?- preguntó. Yo me doblé, sintiendo el malestar hacerse cada vez mayor.
-Sólo... sólo es un segundo- aseguré, encaminándome hacia detrás de unos arbustos.
-Eh, eh. No te alejes. Y tú, carga a mi mujer, por favor- Kurt se puso nervioso, lo que hizo que a Nathan se le crispasen aún mas los nervios. Yo decidí obviar la situación y devolver la bilis detrás de los matorrales. Fue tan solo unos minutos los que hicieron falta para volver a recomponerse. Sin embargo, aquella vez no me encontré tan bien después de vomitar. La cabeza me daba algunas vueltas y había un pequeño malestar aun dentro de mi que parecía no querer marcharse.
-Sigamos-
-No, no. Ni hablar. No tienes buen aspecto- informó Nathan
-Lleguemos a la ciudad. Allí descansare-
-Ni hablar. No me voy a mover de aquí. Tú tienes que descansar, ya-
-¡Eh! ¡Tenemos que seguir!- Nathan soltó un lento bufido, para después volverse y mirar a Kurt, tomarle del cuello de su chaqueta antigua y estamparlo de espaldas contra el árbol más cercano.
-¡Nathan!-
-Mira, viejo. No eres nadie para darme órdenes ¿Te queda claro? Y si no, puedo abriros un agujero a ti y a tu mujer ahora mismo. Me libro de vuestra carga, y de paso, entretengo a todos los susurradores que puedan andar cerca. ¡¿Me oyes?!- las venas de su cuello y frente se marcaron tanto, que me asusté.
-Nathan ¡Para!- La situación se estaba volviendo demasiado tensa.

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